Yo seguía atormentado con el arquitecto: lo miraba y más confirmaba mi
idea de haberlo conocido. Se llamaba Capurro. Pero ¿sería su verdadero
apellido? Bueno, sí, qué disparate: era de Montevideo, Bayce y Lily eran sus
amigos; ¿cómo podía haberme dado un apellido falso? Bueno, eso no tenía
importancia: su apellido podía, y seguramente debía, ser correcto, pero ¿era
mentira que nunca hubiera estado en Valparaíso? ¿Qué ocultaba, en tal caso?
Traté de recordar vertiginosamente si en aquel grupo de Valparaíso había
alguien que de manera directa o indirecta hubiese mencionado algo referente a
ciegos. Era significativo, por ejemplo, que ese hombre se fijase particularmente
en gallos, ya que lo inevitable de los gallos de riña es la ceguera. No, no
recordaba nada. Y de pronto se me ocurrió que quizá no era en Valparaíso
donde yo había visto a aquel hombre sino en Tucumán.
--¿No estuvo usted nunca en Tucumán? --pregunté a boca de jarro.
--¿En Tucumán? No, tampoco. He estado muchas veces en Buenos Aires,
claro, pero nunca en Tucumán. ¿Por qué?
--Nada, por nada. Es que me resulta conocido y estoy pensando de dónde
lo conozco.
--¡Hombre, lo más probable es que lo hayas visto aquí en Montevideo, en
otro momento! --dijo Bayce, riéndose por mi empeño.
Hice un gesto negativo y volví a sumirme en mis cavilaciones mientras
ellos seguían hablando del gallo.
Me separé con un pretexto y me fui a otro café mientras seguía dando
vueltas en mi cabeza al problema del arquitecto.
Traté de reconstruir mi contacto con la gente de Tucumán, gente que, como
siempre, utilizaba para despistar mis verdaderas actividades. Es natural: no iba a
frecuentar falsificadores autóctonos o hacerme ver en compañía de asaltantes de
la provincia. Llamé por teléfono a una muchacha de arquitectura con la que en
otro tiempo me había acostado.
Fui a verla. Había progresado, enseñando en la facultad y colaboraba con
un grupo de arquitectos jóvenes que estaban haciendo en Tucumán algo que
después me mostró: una fábrica o escuela, o sanatorio. No sé, todo es igual, ya
se sabe: en esos edificios tanto se puede instalar mañana un torno como una
maternidad. Es lo que ellos llaman funcionalismo.
Como digo, mi amiga había prosperado. Ya no vivía, como en Buenos
Aires, en un cuartucho de estudiante. Ahora vivía en un departamento moderno
y adecuado a su personalidad. En el momento en que la mucama me abrió la
puerta casi me voy, pues pensaba que allí no vivía nadie. Recién al bajar la vista
tropecé con el mobiliario: todo a ras del suelo, como para cocodrilos. De
cincuenta centímetros para arriba el departamento estaba totalmente inhabitado.
Sin embargo, cuando entré, vi que en una gigantesca pared había un cuadro, un
solo cuadro de algún amigo de Gabriela: sobre un fondo liso y gris acero había,
trazado con tiralíneas, una recta azul vertical, y a unos cincuenta centímetros
hacia su derecha, un pequeño circulito ocre.

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