palabras. Tal vez habrían podido convencer al habitante normal de una casa
normal, pero ¿cómo con semejante disparate podía persuadir a la Ciega? ¿A una
ciega que evidentemente había estado ESPERÁNDOME?
Me pareció advertir en su rostro una expresión de ironía.
Luego se fue, desapareciendo por la puerta que estaba abierta. La cerró tras
de sí y oí el ruido de la llave.
Quedé a oscuras. A tientas; desesperado, corrí hasta la puerta e hice girar
inútilmente el picaporte. Luego, tanteando las paredes, me llegué hasta la otra
puerta, que estaba a la derecha, también inútilmente, pues, como era fácil
presumir, también estaba cerrada con llave.
Quedé apoyado contra la pared, abatido y dominado por el miedo y la
incertidumbre. Un caos de ideas agitaba mi mente:
Había caído en una trampa de la que no podría escapar.
La Ciega había ido en busca de los Otros: ahora decidirían mi destino.
La Ciega me había estado esperando; por lo tanto sabían de mi llegada,
¿desde cuándo?
Lo sabían desde el día anterior: un control eléctrico les permitía vigilar a
distancia el movimiento de la puerta con candado.
Lo sabían desde el momento en que Iglesias adquirió los poderes
sobrenaturales de la logia y, en consecuencia, desde el momento en que pudo
penetrar en mis designios secretos.
Lo sabían desde antes: recién advertía una enorme grieta en mis
construcciones anteriores, pues por un inexplicable olvido (¿olvido?) no tuve
presente que, en el momento de ser dado de baja en el hospital, Iglesias fue
llevado a una pensión que indicó un enfermero español, donde, según dijo, lo
cuidarían muy bien.
Fue en ese momento de lucidez cuando tuve la certeza a la vez atroz y
grotesca de que cuando más fatuamente celebraba yo mi astucia más de cerca
estaba vigilado por la secta ¡y nada menos que por la cómica señora de
Etchepareborda! ¡Qué burlesca se me apareció entonces la idea de que aquellos
bibelots baratos, aquellos cartelitos provenzales y las fotografías trucadas del
matrimonio Etchepareborda no habían sido más que una portentosa puesta en
escena! Con vergüenza, pensé que ni siquiera habrían considerado engañarme
con algo más sutil; o quizá, además de engañarme quisieron de paso herir mi
orgullo, engañándome con algo que más tarde suscitara mi propia ironía.




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