rincón o cornisa o zócalo disimulaban botones eléctricos o cualquier otra
clase de mecanismo semejante.
Nada.
Con mayor atención examiné las dos dependencias que. por su naturaleza,
ofrecen más particularidades: el baño y la cocina. Aunque destartalados
presentaban, en efecto, ricas posibilidades que no podían encontrarse en los
otros cuartos. El inodoro, sin tapa, no ofrecía mayores perspectivas, no obstante
lo cual traté de hacer girar los viejos goznes de la tapa inexistente; luego tiré la
cadena, destapé el tanque, apreté o traté de hacer rotar toda clase de canillas,
intenté levantar la vieja bañadera, etcétera. Un análisis parecido hice en la
cocina, sin resultado.
El examen fue tan reiterado y cuidadoso que si no hubiese sabido que
aquellos dos hombres habían estado esa misma tarde allí habría abandonado la
empresa.
Me senté, desalentado, sobre la vieja cocina de gas. Por experiencias
anteriores sabía que llegado a un punto no vale la pena repetir los mismos
razonamientos porque se forma una huella mental que impide salidas laterales.
Me encontré de pronto comiendo chocolatines, lo que hubiera sido
comiquísimo para cualquier espectador escondido por ahí e invisible para mí. Y
estaba casi riéndome para mis adentros de esa escena imaginaria cuando casi me
muero de la impresión: ¿quién me garantizaba que, en efecto, alguien no estaba
observándome desde un lugar invisible?
Había techos agujereados, había paredes desconchadas que podían ocultar
orificios por los que se podía vigilar desde la casa vecina. Nuevamente me
poseyó el terror y por unos minutos apagué la linterna, como si esa precaución
tardía pudiese serme de alguna utilidad. En medio de las tinieblas, tratando de
adivinar el sentido del más mínimo crujido, tuve sin embargo la suficiente
lucidez para comprender que mi precaución era no sólo idiota por lo inútil sino
casi contraproducente, ya que sin luz era más indefenso que con ella. Encendí,
pues, nuevamente mi previsora linterna y, aunque más nervioso que antes, traté
de pensar en el secreto que debía esclarecer.
Obsesionado con la idea de los agujeros de vigilancia, empecé a examinar
con el haz de luz los techos de la casa abandonada: eran esos cielos rasos de
yeso, construidos sobre una trama de madera, y, en efecto, presentaban grandes
pedazos caídos, molduras rotas. Por supuesto, era posible, a través de
semejantes boquetes, la vigilancia de una o varias personas, pero en todo caso
tampoco en los techos se advertía algo que se pareciese a una entrada o acceso.
Además en tal caso se necesitaría una escalera y no la había en ninguna parte
del departamento. A menos que la escalera fuese retirada desde arriba una vez
cumplida su misión: una de esas escalerillas de cuerda.
Y estaba mirando los techos y pensando en esta variante cuando se me
ocurrió por fin la solución: ¡los pisos! Era lo más simple y, como muchas veces
sucede, lo último que se nos ocurre.
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