apenas cruzaban alguna palabra. Pugnaba entre el resentimiento y la lástima. Su
resentimiento lo impulsaba a no mirarlo, a ignorar su entrada en la pieza, a lo
que era todavía peor, a hacerle comprender que quería ignorarla. Pero volvió su
cabeza. Sí, la volvió, y lo vio tal como lo había imaginado: con las dos manos
sobre la baranda, descansando del esfuerzo, su mechón de pelo canoso caído
sobre la frente, sus ojos afiebrados y un poco salidos, sonriendo débilmente con
aquella expresión de culpa que tanto le fastidiaba a Martín, diciéndole "hace
veinte años yo tenía el taller aquí" echando luego una mirada circular sobre el
altillo y quizá sintiendo la misma sensación que un viajero, envejecido y
desilusionado, siente al volver al pueblo de su juventud, después de haber
recorrido países y personas que en aquel tiempo habían despertado a su
imaginación y sus anhelos. Y acercándose a la cama se sentó en el borde, como
si no se sintiese autorizado a ocupar demasiado espacio o a estar excesivamente
cómodo. Para luego permanecer un buen tiempo en silencio, respirando
trabajosamente, pero inmóvil como una desanimada estatua. Con voz apagada,
dijo:
--Hubo un tiempo en que éramos amigos.
Sus ojos, pensativos, se iluminaron, mirando a lo lejos.
--Recuerdo una vez, en el Parque Retiro... Vos tendrías... a ver... cuatro, tal
vez cinco años... eso es... cinco años... querías andar solo en los autitos
eléctricos, pero yo no te dejé, tenía miedo de que te asustaras con los choques.
Rió suavemente, con nostalgia.
--Después, cuando volvíamos a casa, subiste a una calesita que estaba en un
baldío de la calle Garay. No sé por qué siempre te recuerdo de espaldas, en el
momento en que, a cada vuelta, acababas de pasar frente a mí. El viento agitaba
tu camisita, una camisita a rayas azules. Era ya tarde, apenas había luz.
Se quedó pensativo y después confirmó, como si fuera un hecho importante:
--Una camisita a rayas azules, sí. La recuerdo muy bien.
Martín permanecía callado.
--En aquel tiempo pensaba que con los años llegaríamos a ser compañeros,
que llegaríamos a tener... una especie de amistad...
Volvió a sonreír con aquella pequeña sonrisa culpable, como si aquella
esperanza hubiera sido ridícula, una esperanza sobre algo que él no tenía ningún
derecho. Como si hubiese cometido un pequeño robo, aprovechando la
indefensidad de Martín.
Su hijo lo miró: los codos sobre las rodillas, encorvado, con su mirada
puesta en un punto lejano.
--Sí... ahora todo es distinto...
Tomó entre sus manos un lápiz que estaba sobre la cama y lo examinó con
expresión meditativa.
--No creas que no te comprendo... ¿Cómo podríamos ser amigos? Debes
perdonarme, Martincito...
--Yo no tengo nada que perdonarte.
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