--Pero yo --repetía Chichín-- no me hago ma mala sangre. Lo que se dice
nada de nada. Te lo juro por la memoria de mi madre. Con eso lisiado. Haceme
el favor. Ma contale a éste, contale.
Humberto J. D'Arcángelo, conocido vulgarmente por Tito, dictaminó:
--Propio la basura.
Y entonces se sentó a una mesa cerca de la ventana, sacó Crítica, que
siempre llevaba doblada en la página de deportes, la colocó con indignación
sobre la mesita y escarbándose los dientes picados con el escarbadientes que
siempre llevaba en la boca, dirigió una mirada sombría hacia la calle
Pinzón. Chiquito y estrecho de hombros, con el traje raído, parecía meditar
en la suerte general del mundo.
Después de un rato, volvió su mirada hacia el mostrador y dijo:
--Este domingo ha sido trágico. Perdimo como cretino, ganó San Lorenzo,
ganaron lo millonario y hasta Tigre ganó ¿me queré decir a dónde vamo a
parar?
Mantuvo la mirada en sus amigos como poniéndolos de testigos, luego
volvió nuevamente su mirada hacia la calle y escarbándose los dientes, dijo:
--Este paí ya no tiene arreglo.
VII



No puede ser, pensó, con la mano detenida sobre la bolsa marinera, no puede
ser. Pero sí la tos, la tos y esos crujidos.
Y años después, también pensó, recordando aquel momento: como
habitantes solitarios de dos islas cercanas separadas por insondables abismos.
Años después, cuando su padre estaba pudriéndose en la tumba, comprendiendo
que aquel pobre diablo había sufrido por lo menos tanto como él y que, acaso,
desde aquella cercana pero inalcanzable isla en que habitaba (en que sobrevivía)
le habría hecho alguna vez un gesto silencioso pero patético requiriendo su
ayuda, o por lo menos su comprensión y su cariño. Pero eso lo entendió después
de sus duras experiencias, cuando ya era tarde, como casi siempre sucede. Así
que ahora, en ese presente prematuro (como si el tiempo se divirtiese en
presentarse antes de lo debido, para que la gente haga representaciones tan
grotescas y primarias como las que hacen ciertos cuadros de aficionados a los
que les falta experiencia: Otelos que todavía no han amado), en ese presente que
debería ser futuro, entraba falsamente su padre, subía aquellas escaleras que
durante tantos años no había transitado. Y de espaldas a la puerta, Martín sintió
que se asomaba como un intruso: oía su jadeo de tuberculoso, su vacilante
espera. Y con deliberada crueldad, hizo como que no lo advirtiese. Claro, ha
leído mi mensaje, quiere retenerme. ¿Retenerlo para qué? Durante años y años

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