--Se vino el frío --comentó Bucich.
¿Lloviznaba? Era más bien una neblina de finísimas gotitas impalpables y
flotantes. El camionero caminaba a grandes trancos a su lado. Era candoroso y
fuerte: acaso el símbolo de lo que Martín buscaba en aquel éxodo hacia el sur.
Se sintió protegido y se abandonó a sus pensamientos. Aquí es, dijo Bucich.
CHICHÍN pizza faina despacho de bebidas. Salú, dijo Bucich. Salú, dijo
Chichín, poniendo la botella de ginebra LLAVE. Do copita; este pibe e un
amigo. Mucho gusto, el gusto e mío, dijo Chichín, que tenía gorra y tiradores
colorados sobre camisa tornasol. ¿La vieja?, preguntó Bucich. Regular, dijo
Chichín. ¿L'hicieron l'análisis? Sí. ¿Y? Chichín se encogió de hombros. Vo sabe
cómo son esa cosa. Irse lejos, el sur frío y nítido pensaba Martín mirando el
retrato de Gardel en frac, sonriendo con la sonrisa medio de costado de
muchacho pierna pero capaz de gauchadas, y la escarapela azul y blanca sobre la
Masseratti de Fangio, muchachas desnudas rodeadas por Leguisamo y Américo
Tesorieri, de gorra, apoyado contra el arco, al amigo Chichín con aprecio y
muchas fotos de Boca con la palabra ¡CAMPEONES! y también el Torito de
Mataderos con malla de entrenamiento en su clásica guardia. Salto a la cuerda,
todo menos raspajes, como los boxeadores, hasta me golpeaba el vientre, por
eso saliste medio tarado seguro, riéndose con rencor y desprecio, hice todo, no
me iba a deformar el cuerpo por vos le dijo, y él tendría once años. ¿Y Tito?
preguntó Bucich. Ahora viene, dijo Chichín, y decidió irse a vivir al altillo. ¿Y
el domingo? preguntó Bucich. Ma qué sé yo, respondió Chichín con rabia, te
juro que yo no me hago ma mala sangre mientras ella seguía oyendo boleros,
depilándose, comiendo caramelos, dejando papeles pegajosos por todas partes,
mala sangre por nada, decía Chichín, lo que se dice propio nada de nada un
mundo sucio y pegajoso mientras repasaba con rabia callada un vaso cualquiera
y repetía, haceme el favor huir hacia un mundo limpio, frío, cristalino hasta que
dejando el vaso y encarándose con Bucich exclamó: perder con semejante
bagayo, mientras el camionero parpadeaba, considerando el problema con la
debida atención y comentando la pucha, verdaderamente mientras Martín seguía
oyendo aquellos boleros, sintiendo aquella atmósfera pesada de baño y cremas
desodorantes, aire caliente y turbio, baño caliente, cuerpo caliente, cama
caliente, madre caliente, madre-cama, canastacama, piernas lechosas hacia
arriba como en un horrendo circo casi en la misma forma en que él había salido
de la cloaca y hacia la cloaca o casi mientras entraba el hombre flaquito y
nervioso que decía, Salú y Chichín decía; Humberto J. D'Arcángelo se lo saluda,
salú Puchito, el muchacho e un amigo, mucho gusto el gusto e mío dijo
escrutándolo con esos ojitos de pájaro, con aquella expresión de ansiedad que
siempre Martín le vería a Tito, como si se le hubiese perdido algo muy valioso y
lo buscara por todas partes, observando todo con rapidez e inquietud.
--La gran puta con lo diablo rojo.
--Decí vo, decí. Contale a éste.
--Te soy franco: vo, con el camión, te salva de cada una.
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