VI
Es cierto que desde los once años no entraba en ninguna dependencia de
la casa y mucho menos en aquella salita que era algo así como el santuario de su
madre: el lugar donde, al salir del baño, permanecía las horas radiotelefónicas y
donde completaba los preparativos para sus salidas. Pero, ¿y su padre? Ignoraba
sus costumbres en los últimos años y lo sabía encerrado en su taller; para ir al
baño no era imprescindible pasar por la salita, pero tampoco era imposible.
¿Jugaba acaso con la posibilidad de que su marido la viese así? ¿Formaba parte
de su encarnizado odio la idea de humillarlo hasta ese punto?
Todo era posible.
Por su parte, al no oír la radio encendida, supuso que no estaba, pues era
absolutamente inconcebible que permaneciera en la salita en silencio.
En la penumbra, sobre el diván, el doble monstruo se agitaba con ansiedad y
furia.
Anduvo caminando por el barrio, como sonámbulo, durante poco más de
una hora. Luego volvió a su cuarto y se tiró sobre la cama. Quedó mirando el
techo y luego sus ojos recorrieron las paredes hasta detenerse en la ilustración
de Billiken que tenía pegada con chinches desde su infancia: Belgrano haciendo
jurar la bandera azul y blanca a sus soldados, en el cruce del río Salado.
La bandera inmaculada pensó.
Y también volvieron a su mente palabras clave de su existencia: frío,
limpieza, nieve, soledad, Patagonia.
Pensó en barcos, en trenes, pero ¿de dónde sacaría el dinero? Entonces
recordó aquel gran camión que paraba en el garaje cercano a la estación Sola y
que, mágicamente, lo había detenido un día con su inscripción: TRANSPORTE
PATAGÓNICO. ¿Y si necesitaran un peón, un ayudante, cualquier cosa?
--Claro que sí, pibe --dijo Bucich con el cigarro apagado en su boca.
--Tengo ochenta y tres pesos --dijo Martín.
--Déjate de macana --dijo Bucich, quitándose el overall sucio de grasa.
Parecía un gigante de circo, pero algo encorvado, con pelo canoso. Un
gigante con expresión candorosa de niño. Martín miraba el camión: al costado,
en grandes caracteres, decía TRANSPORTE PATAGÓNICO; y detrás, con
letras doradas, se leía: SI LO VIERAS, VIEJA.
--Vamo --dijo Bucich siempre con su colilla apagada.
Sobre el pavimento mojado y resbaladizo brillaba por un momento un rojo
lechoso y delicuescente. En seguida venía el relámpago violáceo, para ser
nuevamente reemplazado por el rojo lechoso: CINZANO-AMERICANO
GANCIA. CINZANO-AMERICANO GANCIA.
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