Se volvió cada día más desconfiado. Claro: ni era todavía un auténtico
ciego, dotado de ese poder de moverse en las tinieblas y de ese sentido del oído
y del tacto; ni era ya un hombre capaz de ver con sus ojos corrientes. Tuve la
impresión de que se sentía perdido: no lograba una exacta sensación de las
distancias, cometía errores cinestésicos, tropezaba, se llevaba torpemente un
vaso por delante con sus manos que tanteaban. Se irritaba, aunque trataba de
disimularlo por orgullo.
--No es nada, Iglesias --le decía yo, en lugar de quedarme callado y de
simular distraimiento.
Lo que aumentaba su irritación y acentuaba sus reacciones, que era
precisamente lo que me proponía.
De pronto me quedaba callado y dejaba, por decirlo así, que un silencio
total lo rodeara. Ahora bien: para un ciego, un silencio total a su alrededor es
como para nosotros un abismo tenebroso que nos separa del resto del universo.
No sabe a qué atenerse, todos sus vínculos con el mundo exterior han sido
abolidos en esas tinieblas de los ciegos que es el silencio absoluto. Tienen que
estar atentos al más mínimo rumor, el peligro los acecha por todos los
costados.
En esos momentos son solitarios e impotentes. El simple tictac de un reloj
puede ser como una lucecita en lontananza, esas lucecitas que en los cuentos
infantiles divisa el héroe aterrorizado cuando se creía perdido en medio de la
selva.
Entonces yo daba un pequeño golpe con un dedo, como al descuido, sobre
la mesa o sobre la silla y notaba cómo instantáneamente, con neurótica
ansiedad, Iglesias dirigía toda su vida en esa dirección. En medio de su soledad,
tal vez se preguntaba: ¿Qué se propone Vidal? ¿Dónde está? ¿Por qué ha
permanecido en silencio?
Tenía, en efecto, una gran desconfianza hacia mí. Esa desconfianza fue
creciendo a medida que pasaban los días y se hizo insalvable al cabo de tres
semanas, cuando su metamorfosis acababa. Existía un indicio que debía marcar,
si mis teorías no eran equivocadas, el definitivo ingreso de Iglesias en el nuevo
reino, su transformación absoluta; y era el asco que en mí despiertan los
auténticos ciegos. Tampoco ese asco o aprensión o fobia aparece de golpe: mi
experiencia me mostró que también eso se produce poco a poco, hasta que un
día nos encontramos ante el hecho consumado y espeluznante: ya estamos
delante del murciélago o del reptil. Recuerdo aquel día: ya al acercarme a la
pieza de la pensión en que estaba viviendo Iglesias desde su accidente, sentí una
ambigua sensación de malestar, una incierta aprensión que fue aumentando a
medida que me acercaba a su cuarto. Tanto que vacilé un instante antes de
llamar. Hasta que, casi temblando, dije Iglesias y ALGO me respondió:
"Entre". Abrí la puerta, y en medio de la oscuridad (ya que naturalmente no
usaba luz cuando se encontraba solo) sentí la respiración del nuevo monstruo.
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