hijos, o hermanos, su propia vejez y su propia soledad ante la muerte.
Resultando finalmente más inválido que nadie; por la misma razón que es más
indefenso el hombre de armas que es sorprendido sin su cota de malla que el
insignificante hombre de paz que, por no haberla tenido nunca, tampoco siente
nunca su carencia.




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