expectativa. Y entonces yo también empezaba a controlar la sombra con pavor.
No se trataba, inútil decirlo, del trivial desplazamiento que la sombra pudiese
tener por el simple movimiento del sol: era OTRA COSA. Y así, yo también
empezaba a observar con ansiedad. Hasta que advertía que la sombra empezaba
a moverse lenta pero perceptiblemente. Me despertaba sudando, gritando. ¿Qué
era aquello, qué advertencia, qué símbolo? Cada noche me acostaba con el
temor del sueño. Y cada mañana, al despertarme, mi pecho se ensanchaba de
alivio al comprobar que, una vez más, había escapado de aquel peligro. Otras
noches, en cambio, llegaba el momento terrible: nuevamente veía al chico, la
pared y la sombra; nuevamente el chico me miraba con gravedad, nuevamente
pronunciaba sus singulares palabras y nuevamente, en fin, después de observar
yo con ansiosa expectativa la sombra de la pared, veía que empezaba a moverse
y a deformarse. Entonces despertaba sudando y gritando.
El sueño me atormentó durante años, porque comprendía que, como casi
todos los sueños, debía tener un sentido oculto y que, en este caso, era el
anuncio indudable de algo que alguna vez tenía que sucederme. Ahora bien: no
sé si aquel sueño fue el anuncio de lo que más tarde me sucedió o si fue su
comienzo simbólico. La primera vez fue hace muchos años, cuando yo tenía
menos de veinte años y dirigía una banda de asaltantes (luego veré si cuento
algo de aquella experiencia). Tuve de pronto la revelación de que la realidad
podía empezar a deformarse si no concentraba toda mi voluntad para mantenerla
estable. Temía que el mundo que me rodeaba pudiera empezar en cualquier
momento a moverse, a deformarse, primero lenta y luego bruscamente, a
disgregarse, a transformarse, a perder todo sentido. Como el chico del sueño
concentré toda mi fuerza mirando esa especie de sombra que es la realidad que
nos rodea, sombra de alguna estructura o pared que no nos es dado contemplar.
Y de pronto (estaba en mi cuarto de Avellaneda, felizmente solo, tirado en la
cama), vi, con horror, que la sombra empezaba a moverse y que el viejo sueño
empezaba a cumplirse en la realidad. Sentí una especie de vértigo, perdí el
sentido y me hundí en un caos, pero al fin logré salir a flote con enorme esfuerzo
y empecé a atar los trozos de la realidad que parecían querer irse a la deriva.
Una especie de ancla. Eso es: como si me viese obligado a anclar la realidad,
pero como si el barco estuviese compuesto de muchos pedazos separables y
fuese necesario primero atarlos a todos y luego largar una formidable ancla para
que el todo no fuese a la deriva. Por desgracia, el episodio volvió a repetírseme,
y a veces con fuerza mayor. De pronto sentía que empezaba el deslizamiento y
luego la disgregación, pero como ya conocía los síntomas no me dejaba estar, tal
como me había sucedido la primera vez, y de inmediato comenzaba a trabajar
con toda mi energía. La gente no comprendía lo que me pasaba, me veía
concentrarme, con mi mirada fija y ajena, y creía que me estaba volviendo loco,
sin comprender que era al revés, precisamente al revés, puesto que merced a
aquel esfuerzo lograba mantener la realidad en su sitio y en su forma. Pero a
veces, por más intensos que fueran mis esfuerzos, la realidad empezaba a
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