aquí alguna pajita para su nido, algún grano perdido de trigo o de avena, algún
gusanito de interés alimenticio para él o para sus pichones; mientras en otro
estrato aún más insignificante y en cierto modo más ajeno a todo (no ya al
Grandioso Banquero sino al exiguo bastón de jubilado), seres más minúsculos,
más anónimos y secretos, viven una existencia independiente y en ocasiones
hasta activísima: gusanos, hormigas (no sólo las grandes y negras, sino las
rojizas chiquitas y aun otras más pequeñas que son casi invisibles) y cantidades
de otros bichitos más insignificantes, de colores variados y de costumbres muy
diversas. Todos esos seres viven en mundos distintos, ajenos los unos a los
otros, excepto cuando se producen las Grandes Catástrofes, cuando los
Hombres, armados de Fumigadores y Palas, emprenden la Lucha contra las
Hormigas (lucha, dicho sea de paso, absolutamente inútil, ya que siempre
termina con el triunfo de las hormigas), o cuando los Banqueros desencadenan
sus Guerras por el Petróleo; de modo que los infinitos bichitos que hasta ese
momento vivían sobre las vastas praderas verdes o en los apacibles submundos
de los parques, son aniquilados por bombas y gases; mientras que otros más
afortunados, de las razas invariablemente vencedoras de los Gusanos, hacen su
agosto y prosperan con enorme rapidez, al mismo tiempo que medran, allá
arriba, los Proveedores y Fabricantes de Armamentos.
Pero, excepto en esos tiempos de intercambio y de confusión, resulta
milagroso que tantas especies de seres puedan nacer, desenvolverse y morir sin
conocerse, sin odiarse ni estimarse, en las mismas regiones del universo; como
esos múltiples mensajes telefónicos que, según dicen, pueden enviarse por un
solo cable sin mezclarse ni entorpecerse, gracias a ingeniosos mecanismos.
De modo (pensaba Bruno) que tenemos en primer término a los hombres
sentados y pensativos de las plazas y parques. Algunos miran el suelo y se
distraen por minutos y hasta por horas con las numerosas y anónimas
actividades de los animalitos ya mencionados: examinando las hormigas,
considerando sus diversas especies, calculando qué cargas son capaces de
transportar, de qué manera colaboran entre dos o tres de ellas para trabajos de
mayor dificultad, etc. A veces, con un palito, con una ramita seca de esas que
fácilmente se encuentran en el suelo en los parques, esos hombres se entretienen
en apartar a las hormigas de sus afanosas trayectorias, logran que alguna más
atolondrada suba al palito y luego corra hasta la punta, donde, después de
pequeñas acrobacias cautelosas, vuelve para atrás y corre hasta el extremo
opuesto; siguiendo así, en inútiles idas y venidas, hasta que el hombre solitario
se cansa del juego y, por piedad, o más generalmente por aburrimiento, deja el
palito en el suelo, ocasión en que la hormiga se apresura a buscar a sus
compañeras, mantiene una breve y agitada conversación con las primeras que
encuentra para explicar su retardo o para enterarse de la Marcha General del
Trabajo en su ausencia, y en seguida reanuda su tarea, reincorporándose a la
larga y enérgica fila egipcia. Mientras el hombre solitario y pensativo retorna a
su meditación general y un poco errabunda que no fija demasiado su atención en

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