--Es una loca, dejelán --gritaban.
Una mujer aindiada, con un gran palo vigilaba y atizaba el fuego, como en
un gigantesco asado.
--Es una loca, dejelán que se vaya --decían.
La mujer rubia avanzaba con la bolsa, abriéndose paso entre la muchachada
que le gritaba porquerías, le tiraba tizones encendidos y se reía, tratando de
manosearla.
Ahora se levantaban grandes llamaradas de la curia: ardían los papeles, los
registros. Un hombre de chambergo, morocho, reía histéricamente y tiraba
piedras, cascotes, pedazos de pavimento.
La rubia desapareció de la parte iluminada.
Una alegre música de carnaval volvió a escucharse: los muchachos de la
murga habían dado vuelta a la manzana:

La murga de Chanta Cuatro lo viene a visitar...
A la luz de las llamaradas las contorsiones parecían más fantásticas. Los
copones servían de platillos: disfrutados con casullas, enarbolaron cálices y
cruces, marcaban el compás con hachones dorados. Alguien tocaba un bombo.
Luego cantaron:
A nuestro director le gusta el disimulo...
Y luego el bombo, rítmicamente, y las contorsiones en medio de las
llamaradas, siempre marcando el compás con los hachones dorados.
Se volvieron a oír tiros y hubo corridas. No se sabía de dónde venían,
quiénes eran. Hubo pánico. Se oyó decir: "Es la Alianza". Otros tranquilizaban,
pasaban palabras de orden. Otros corrían o gritaban "ahora vienen" o "calma,
muchachos".
En el centro de la calle crecía la hoguera. Un grupo de muchachos y mujeres
arrojaban un confesionario. Traían todavía imágenes y cuadros.
Un hombre arrastraba un Cristo y una mujer que acababa de aparecer, feroz
y decidida, gritó:
--Démelo.
--¿Qué? --dice el hombre mirándola con desprecio.
Alguien dijo: "es de la Fundación".
--¿Quién, quién? --preguntaban.
La murga cantaba:

A la chica de Gómale le gustan la banana...

La mujer siguió al hombre y tomó al Cristo de los pies para que no se
arrastrara.
--Déjelo --gritó el hombre.
--Démelo --gritó la mujer.

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