esperar Grandes Cosas de los hombres en particular y de la Humanidad en
general, ¿no había intentado ya suicidarse a causa de esa especie de albañal que
era su madre? ¿No revelaba ya eso que había esperado algo distinto y
seguramente maravilloso de aquella mujer? Pero (y eso todavía era más
asombroso) ¿no había vuelto, después de semejante desastre, a tener fe en las
mujeres al encontrarse con Alejandra?
Ahí estaba ahora aquel pequeño desamparado, uno de los tantos en aquella
ciudad de desamparados. Porque Buenos Aires era una ciudad en que pululaban,
como por otra parte sucedía en todas las gigantescas y espantosas babilonias.
Lo que pasa (pensó) es que a primera vista no se los advierte, o porque por
lo menos resulta que buena parte de ellos no lo parecen a primera vista, o
porque en muchos casos no lo quieren parecer. Y porque, al revés, grandes
cantidades de seres que pretenden serlo contribuyen a confundir aun más el
problema y hacer que uno crea al final que no hay desamparados verdaderos.
Porque, claro, si a un hombre le faltan las piernas o los dos brazos, todos
sabemos, o creemos saber, que ese hombre es un desvalido. Y en ese mismo
instante ese hombre empieza a serlo menos, pues lo hemos advertido y sufrimos
por él, le compramos peines inútiles o fotos de colores de Carlitos Gardel. Y
entonces, ese mutilado al que le faltan las piernas o los dos brazos deja de ser
parcial o totalmente la clase de desamparado total en que estamos pensando,
hasta el punto de que lleguemos a sentir luego un oscuro sentimiento de rencor,
quizá por los infinitos desamparados absolutos que en ese mismo instante (por
no tener la audacia o la seguridad y hasta el espíritu de agresión de los
vendedores de peines y de retratos en colores) sufren en silencio y con dignidad
suprema su suerte de auténticos desdichados.
Como esos hombres silenciosos y solitarios que a nadie piden nada y con
nadie hablan, sentados y pensativos en los bancos de las grandes plazas y
parques de la ciudad: algunos, viejos (los más obviamente desvalidos, hasta el
punto de que ya nos deben preocupar menos y por las mismas razones que los
vendedores de peines), esos viejos con bastones de jubilados que ven pasar el
mundo como un recuerdo, esos viejos que meditan y a su manera acaso
replantean los grandes problemas que los pensadores poderosos plantearon sobre
el sentido general de la existencia, sobre el porqué y el para qué de todo:
casamientos, hijos, barcos de guerra, luchas políticas, dinero, reyes y carreras de
caballos o de autos; esos viejos que indefinidamente miran o parecen mirar a las
palomas que comen granitos de avena o de maíz, o a los activísimos gorriones,
o, en general, a los diferentes tipos de pájaros que descienden sobre la plaza o
viven en los árboles de los grandes parques. En virtud de ese notable atributo
que tiene el universo de independencia y superposición: de modo que mientras
un banquero se propone realizar la más formidable operación con divisas fuertes
que se haya hecho en el Río de la Plata (hundiendo de paso al Consorcio X o la
temible Sociedad Anónima Y) un pajarito, a cien pasos de distancia de la
Poderosa Oficina, anda a saltitos sobre el césped del Parque Colón, buscando
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