XXII



Las horas fueron dolorosamente largas: era como subir una montaña, cuyos
últimos tramos son casi invencibles. Sus sentimientos eran complejos, pues por
un lado sentía la nerviosa alegría de verla una vez más, y, por otro, intuía que
aquella entrevista iba a ser justamente eso: una entrevista más, quizá la última.
Mucho antes de las seis estaba ya en el Adam, mirando hacia la puerta.
Alejandra llegó a las seis y media pasadas.
No era la Alejandra agresiva del día anterior, pero mostraba en cambio
aquella expresión abstraída que tanto desesperaba a Martín.
¿Por qué había venido, entonces?
El mozo tuvo que repetirle dos o tres veces la pregunta. Pidió gin y en
seguida observó su maldito reloj.
--Qué --comentó Martín con irónica tristeza--, ¿ya tenés que irte?
Alejandra lo miró vagamente y sin advertir la ironía dijo que no, que todavía
tenía un momento. Martín bajó la cabeza y movió su vaso.
--¿Para qué viniste, entonces? --no pudo menos que decir.
Alejandra lo miraba como tratando de concentrar su atención.
--Te prometí que vendría, ¿no fue así?
Apenas le trajeron el gin se lo bebió de un trago. Luego dijo:
--Salgamos. Quiero tomar un poco de aire.
Cuando salieron, Alejandra caminó hacia la plaza, y subiendo por el césped
se sentó en uno de los bancos que dan al río.
Permanecieron un buen rato en silencio, que fue roto por ella para decir:
--¡Qué descanso odiarse!
Martín contemplaba la Torre de los Ingleses, que marcaba el avance del
tiempo. Más atrás se destacaba la mole de la CADE, con sus grandes y
rechonchas chimeneas, y el Puerto Nuevo con sus elevadores y grúas: abstractos
animales antediluvianos, con sus picos de acero y sus cabezas de gigantescos
pájaros inclinados hacia abajo, como para picotear los barcos.
Silencioso y deprimido, miraba cómo la noche iba cayendo sobre la ciudad,
cómo empezaban a brillar sobre el cielo azul-negro las luces rojas en lo alto de
las chimeneas y torres, los avisos luminosos del Parque Retiro, los faroles de la
plaza. Mientras millares de hombres y mujeres salían corriendo de las bocas de
los subterráneos y entraban con la misma desesperación cotidiana en las bocas
de los ferrocarriles suburbanos. Contempló el Kavanagh, donde empezaban a
iluminar ventanas. También allá arriba, en el piso treinta o treinta y cinco, acaso
en una pequeña piecita de un hombre solitario, también se encendía una luz.
¡Cuántos desencuentros como el de ellos, cuántas soledades habría en aquel solo

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