depresión, se decía: "No la veré más, ha muerto, quizá se ha matado, parecía
desesperada y ansiosa". Recordaba entonces sus propias ideas de suicidio. ¿Por
qué Alejandra no podía haber pasado por algo semejante? ¿No le había dicho,
precisamente, que se parecían, que tenían algo profundo que los asemejaba?
¿No sería esa obsesión del suicidio lo que habría querido significar cuando
habló del parecido? Pero luego reflexionaba que aun en el caso de haberse
querido matar lo habría venido a buscar antes, y se le ocurría que no haberlo
hecho era una especie de estafa que le resultaba inconcebible en ella.
¡Cuántos días desolados transcurrieron en aquel banco del parque! Pasó
todo el otoño y llegó el invierno. Terminó el invierno, comenzó la primavera
(aparecía por momentos, friolenta y fugitiva, como quien se asoma a ver cómo
andan las cosas, y luego, poco a poco, con mayor decisión y cada vez por mayor
tiempo) y paulatinamente empezó a correr con mayor calidez y energía la savia
en los árboles y las hojas empezaron a brotar; hasta que en pocas semanas, los
últimos restos del invierno se retiraron del parque Lezama hacia otras remotas
regiones del mundo.
Llegaron después los primeros calores de diciembre. Los jacarandaes se
pusieron violetas y las tipas se cubrieron de flores anaranjadas.
Y luego aquellas flores fueron secándose y cayendo, las hojas empezaron a
dorarse y a ser arrastradas por los primeros vientos del otoño. Y entonces --
dijo Martín-- perdió definitivamente la esperanza de volver a verla.
V
La "esperanza" de volver a verla (reflexionó Bruno con melancólica ironía). Y
también se dijo: ¿no serán todas las esperanzas de los hombres tan grotescas
como éstas? Ya que, dada la índole del mundo, tenemos esperanzas en
acontecimientos que, de producirse sólo nos proporcionarían frustración y
amargura; motivo por el cual los pesimistas se reclutan entre los ex
esperanzados, puesto que para tener una visión negra del mundo hay que haber
creído antes en él y en sus posibilidades. Y todavía resulta más curioso y
paradojal que los pesimistas, una vez que resultaron desilusionados, no son
constantes y sistemáticamente desesperanzados, sino que, en cierto modo,
parecen dispuestos a renovar su esperanza a cada instante aunque lo disimulen
debajo de su negra envoltura de amargados universales, en virtud de una suerte
de pudor metafísico; como si el pesimismo, para mantenerse fuerte y siempre
vigoroso, necesitase de vez en cuando un nuevo impulso producido por una
nueva y brutal desilusión.
Y el mismo Martín (pensaba mirándolo, ahí, delante de él), el mismo
Martín, pesimista en cierne como corresponde a todo ser purísimo y preparado a
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