alcohol, sabía ya que de sus labios tensos y despreciativos le saldrían palabras
duras y vengativas.
Lo miró por unos instantes, que a Martín le parecieron eternos, desde lo alto
de su infernal pedestal: parecía uno de esos antiguos y sádicos dioses aztecas
que exigen el corazón caliente de sus víctimas. Y entonces le dijo con una voz
violenta y baja.
--¡No te quiero ver acá! ¡Ahora mismo te vas y me dejás sola!
Martín intentó calmarla, pero ella se enfureció aun más y levantándose le
gritó que se fuera.
Como un autómata, Martín se levantó y comenzó a salir, entre las miradas
de los marineros y prostitutas.
Una vez fuera, el aire fresco empezó a volverlo a su conciencia. Caminó
hacia Retiro y terminó sentándose en uno de los bancos de la Plaza Británica:
el reloj de la torre marcaba las once y media de la noche.
Su cabeza era un caos.
Por un momento trató de mantenerla en alto, pero de pronto su resistencia
terminó.
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