IV



Desde aquel encuentro, esperó día a día verla nuevamente en el parque.
Después semana tras semana. Y, por fin, ya desesperado, durante largos meses.
¿Qué le pasaría? ¿Por qué no iba? ¿Se habría enfermado? Ni siquiera sabía su
apellido. Parecía habérsela tragado la tierra. Mil veces se reprochó la necedad de
no haberle preguntado ni siquiera su nombre completo. Nada sabía de ella. Era
incomprensible tanta torpeza. Hasta llegó a sospechar que todo había sido una
alucinación o un sueño. ¿No se había quedado dormido más de una vez en el
banco del parque Lezama? Podía haber soñado aquello con tanta fuerza que
luego le hubiese parecido auténticamente vivido. Luego descartó esta idea
porque pensó que había habido dos encuentros. Luego reflexionó que eso
tampoco era un inconveniente para un sueño, ya que en el mismo sueño podía
haber soñado con el doble encuentro. No guardaba ningún objeto de ella que le
permitiera salir de dudas, pero al cabo se convenció de que todo había sucedido
de verdad y que lo que pasaba era, sencillamente, que él era el imbécil que
siempre imaginó ser.
Al principio sufrió mucho, pensando día y noche en ella. Trató de dibujar su
cara, pero le resultaba algo impreciso, pues en aquellos dos encuentros no se
había atrevido a mirarla bien sino en contados instantes; de modo que sus
dibujos resultaban indecisos y sin vida, pareciéndose a muchos dibujos
anteriores en que retrataba a aquellas vírgenes ideales y legendarias de las que
había vivido enamorado. Pero aunque sus bocetos eran insípidos y poco
definidos, el recuerdo del encuentro era vigoroso y tenía la sensación de haber
estado con alguien muy fuerte, de rasgos muy marcados, desgraciado y solitario
como él. No obstante, el rostro se perdía en una tenue esfumadura. Y resultaba
algo así como una sesión de espiritismo, en que una materialización difusa y
fantasmal de pronto da algunos nítidos golpes sobre la mesa.
Y cuando su esperanza estaba a punto de agotarse, recordaba las dos o tres
frases clave del encuentro: "Pienso que no debería verte nunca. Pero te veré
porque te necesito". Y aquella otra: "No te preocupes. Ya sabré siempre cómo
encontrarte".
Frases --pensaba Bruno-- que Martín apreciaba desde su lado favorable y
como fuente de una inenarrable felicidad, sin advertir, al menos en aquel
tiempo, todo lo que tenían de egoísmo.
Y claro --dijo Martín que entonces pensaba--, ella era una muchacha rara
¿y por qué un ser de esa condición había de verlo al otro día, o a la semana
siguiente? ¿Por qué no podían pasar semanas y hasta meses sin necesidad de
encontrarlo? Estas reflexiones lo animaban. Pero más tarde, en momentos de

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