XVIII


Luego, levantando la mirada y al ver que los ojos de Martín brillaban,
añadió:
--Pero con una condición, Martín. Los ojos de Martín se
apagaron.




E1 lunes esperó su llamado, pero en vano. El martes, impaciente, la llamó
a la boutique. Le pareció que la voz de Alejandra era áspera, pero podía ser por
el trabajo. Ante la insistencia de Martín, le dijo que lo esperaba a tomar un café
en el bar de Charcas y Esmeralda.
Martín corrió al bar y la encontró esperándolo: fumaba mirando hacia la
calle. El diálogo fue corto porque ella tenía que volver al taller. Martín le dijo
que quería verla tranquila, una tarde entera.
--Me es imposible, Martín.
Al ver los ojos del muchacho empezó a golpear con una boquilla que tenía,
mientras parecía pensar y sacar cuentas. Su ceño estaba fruncido y su expresión
era de preocupación.
--Ando muy enferma --dijo al cabo.
--¿Qué te pasa?
--Qué no me pasa, sería mejor decir.
Sueños atroces, dolores de cabeza (en la nuca, que luego se extendían a todo
el cuerpo), centelleos en los ojos.
--Y como si todo eso fuera poco, esas campanas de iglesia. Una mezcla de
hospital e iglesia, como ves.
--Así que por eso no me podes ver --comentó Martín con ligero sarcasmo.
--No, no digo eso. Pero todo se junta, ¿comprendes?
"Todo se junta", se repitió para sí Martín, sabiendo que en ese "todo" estaba
lo que más lo atormentaba.
--¿De modo que te es imposible verme?
Alejandra mantuvo por un instante la mirada del muchacho pero luego bajó
los ojos y se puso a golpear con la boquilla contra la mesa.
--Bueno --dijo, por fin--, nos veremos mañana a la tarde.
--¿Cuánto tiempo? --preguntó ansioso Martín.
--Toda la tarde, si querés --agregó Alejandra, sin mirar y sin dejar de dar
golpecitos con la boquilla.



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