efectivamente lo probaba el que fueran por Leandro Alem hacia el sur), pero,
ante la idea de que Martín pudiera sospechar algo al permanecer con Bordenave
después que él bajara en la Boca, decidió bajar en la Avenida de Mayo; y esa
repentina y contradictoria resolución llamó la atención de Bordenave. Estaba
bien, pero ¿por qué este hombre había quedado hosco y disgustado? Bueno,
porque sin duda se había hecho el propósito de flirtear con Alejandra una vez a
solas y aquella resolución malograba su proyecto. Existía, sin embargo, un
motivo de dudas: ¿por qué Alejandra se había negado a que Martín la
acompañara? ¿No se encontraría con Bordenave más tarde, en el sitio donde
seguramente iban? Detalle tranquilizador: ¿cómo podía haberse puesto
Alejandra en contacto con Bordenave sino por casualidad? No lo conocía,
ignoraba su domicilio, y, en cuanto a Bordenave, ni siquiera sabía el nombre de
Alejandra.
Y sin embargo, una turbia sensación lo llevaba reiteradamente a analizar
aquella entrevista al parecer trivial pero que ahora, a la luz de este nuevo
encuentro, adquiría una singular importancia. Años después de la muerte de
Alejandra tuvo la certeza de lo que en aquel momento apenas fue un insidioso
chispazo: Bordenave tenía algo que ver con aquel impulso de mandarlo a
Molinari que Alejandra tuvo después de la entrevista con Bordenave en el Plaza.
Los acontecimientos que llevaron a su suicidio y la última conversación con
Bordenave le iban a mostrar un día el papel desempeñado por aquel hombre en
el drama. Y cuando años después hablase con Bruno, no podía menos que
ironizar tristemente sobre el detalle de haber sido él, Martín, quien lo había
colocado en el camino de Alejandra. Y recordaría una vez más, con maniática
minuciosidad los detalles de aquella primera entrevista en el Plaza, aquella
trivial entrevista que habría desaparecido totalmente en la nada de los episodios
sin significación si los acontecimientos finales no hubieran echado una
inesperada y horrenda luz sobre esa especie de manuscrito olvidado.
Pero por el momento Martín no podía alcanzar esas últimas implicaciones.
Repasaba esa entrevista del Plaza, y recordaba que en el momento de
presentarle a Alejandra se produjo un fugacísimo brillo en sus ojos, brillo que
precedió al endurecimiento en toda su actitud. Aunque también era posible
(pensaba Bruno) que ese detalle fuera un falso recuerdo, un detalle advertido en
virtud de esa lucidez retrospectiva que confieren las catástrofes, o que creemos
que nos confieren, cuando decimos "ahora recuerdo que oí un ruido
sospechoso", cuando en realidad aquel ruido es un detalle que la imaginación
agrega sobre los verdaderos y simples hechos de la memoria; forma habitual en
que el presente influye sobre el pasado modificándolo, enriqueciéndolo y
deformándolo con indicios premonitorios.
Martín trató de recordar palabra por palabra lo que en aquel encuentro
Bordenave dijo, pero nada era importante, importante al menos para su
problema. Pues dijo que esos italianos --por los dos hombres que estaban allí,
hombres que señalaba con un gesto un poco cínico de su cara-- eran todos
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