pequeños payasos vociferantes y movedizos, que mientras él concentraba toda
su atención en atravesar el abismo sin caerse, el abismo negro de su existencia,
le gritaban cosas hirientes, se mofaban de él y armaban allá arriba, sobre los
fardos de basura y excrementos, una infernal algarabía de insultos y sarcasmos.
Espectáculo que (a su juicio) debía despertar en los espectadores una mezcla de
pena y de enorme y monstruoso regocijo, tan tragicómico era; motivo por el cual
no se consideraba con derechos a abandonarse al simple llanto, ni aun ante un
ser como Alejandra, un ser que parecía haber estado esperando durante un siglo,
y pensaba que tenía el deber, el deber casi profesional de un payaso a quien le
ha ocurrido la mayor desgracia, de convertir aquel llanto en una mueca de risa.
Pero, sin embargo, a medida que había ido confesando aquellas pocas palabras
claves a Alejandra, sentía como una liberación y por un instante pensó que su
mueca risible podía por fin convertirse en un enorme, convulsivo y tierno llanto;
derrumbándose sobre ella como si por fin hubiese logrado atravesar el abismo.
Y así lo hubiera hecho, así lo hubiera querido hacer. Dios mío, pero no lo hizo:
sino que apenas inclinó su cabeza sobre el pecho, dándose vuelta para ocultar
sus lágrimas.
III



Pero cuando años después Martín hablaba con Bruno de aquel encuentro
apenas quedaban frases sueltas, el recuerdo de una expresión, de una caricia, la
sirena melancólica de aquel barco desconocido: como fragmentos de columnas,
y si permanecía en su memoria, acaso por el asombro que le produjo, era una
que ella le había dicho en aquel encuentro, mirándolo con cuidado:
--Vos y yo tenemos algo en común, algo muy importante. Palabras que Martín
escuchó con sorpresa, pues ¿qué podía tener él en común con aquel ser
portentoso?
Alejandra le dijo, finalmente, que debía irse, pero que en otra ocasión le
contaría muchas cosas y que --lo que a Martín le pareció más singular-- tenía
necesidad de contarle.
Cuando se separaron, lo miró una vez más, como si fuera médico y él
estuviera enfermo, y agregó unas palabras que Martín recordó siempre:
--Aunque por otro lado pienso que no debería verte nunca. Pero te veré
porque te necesito.
La sola idea, la sola posibilidad de que aquella muchacha no lo viese más
lo desesperó. ¿Qué le importaban a él los motivos que podía tener Alejandra
para no querer verlo? Lo que anhelaba era verla.
--Siempre, siempre --dijo con fervor. Ella se sonrió y le respondió: --Sí,
porque sos así es que necesito verte. Y Bruno pensó que Martín necesitaría

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