para siempre el ser que la escribió; y, también como en la carta, los recuerdos se
iban agrietando y envejeciendo, se perdían frases enteras en los dobleces del
alma, la tinta iba desvaneciéndose y, con ella, hermosas y mágicas palabras que
creaban el sortilegio. Y entonces era necesario esforzar la memoria como quien
esfuerza la vista y la acerca al resquebrajado y amarillento papel. Sí, sí: ella le
había preguntado por dónde vivía, mientras arrancaba un yuyito y empezaba a
masticar el tallo (hecho que recordaba con nitidez). Y después le habría
preguntado con quién vivía. Con su padre, le respondió. Y después de un
momento de vacilación, agregó que también vivía con su madre. "¿Y qué hace
tu padre?" le preguntó entonces Alejandra, a lo que él no respondió en seguida,
hasta que por fin dijo que era pintor. Pero al decir la palabra "pintor" su voz fue
levemente distinta, como si fuese frágil, y temió que el tono de su voz hubiese
llamado la atención de ella como debe llamar la atención de la gente la forma de
caminar de alguien que atraviesa un techo de vidrio. Y que algo raro notó
Alejandra en aquella palabra lo probaba el hecho de que se inclinó hacia él y lo
observó.
--Te estás poniendo colorado --comentó.
--¿Yo? --preguntó Martín.
Y, como sucede siempre en esas circunstancias, enrojeció aun más.
--Pero, ¿qué te pasa? --insistió ella, con el tallito en
suspenso.
--Nada, qué me va a pasar.
Se produjo un momento de silencio, luego Alejandra volvió a recostarse de
espaldas sobre el césped, recomenzando su tarea con el tallito. Y mientras
Martín miraba una batalla de cruceros de algodón, reflexionaba que él no tenía
por qué avergonzarse del fracaso de su padre.
Una sirena de barco se oyó desde la Dársena y Martín pensó Coral Sea,
Islas Marquesas. Pero dijo:
--Alejandra es un nombre raro. --¿Y tu madre? --
preguntó.
Martín se sentó y empezó a arrancar unas matitas de hierba. Encontró una
piedrita y pareció estudiar su naturaleza, como un geólogo. --¿No me oís? --
Sí.
--Te pregunté por tu madre.
--Mi madre --respondió Martín en voz baja-- es una cloaca.
Alejandra se incorporó a medias, apoyándose sobre un codo y mirándolo
con atención. Martín, sin dejar de examinar la piedrita, se mantenía en silencio,
con las mandíbulas muy apretadas, pensando cloaca, madrecloaca. Y después
agregó:
--Siempre fui un estorbo. Desde que nací. Sentía como si gases venenosos y
fétidos hubiesen sido inyectados en su alma, a miles de libras de presión. Su
alma, hinchándose cada año más peligrosamente, no cabía ya en su cuerpo y
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