--¿Pero, por qué?
--Eh, pibe, siempre hay un porqué a toda la cosa, como decía el finado
Zanetta. Siempre hay un misterio.
Sorbió el mate.
Durante un buen rato se mantuvo callado, casi melancólico.
--Mi viejo lo llevaba a don Olegario Souto, que era caudillo conserva de
Barracas al Norte. Y una de la hija de don Olegario se llamaba María Elena. Era
rubia y parecía un sueño.
Sonrió en silencio, con turbación.
--Pero imagináte, pibe... eran gente rica... y yo, adema... con este
escracho...
--¿Y cuándo fue todo eso? --preguntó Martín, admirado.
--Y, te estoy hablando del año quince, un año antes de la subida del Peludo.
--Y ella, ¿qué pasó después?
--¿Ella? Y... qué va a pasar... se casó... un día se casó... Me acuerdo como
si sería hoy. El 23 de mayo de 1924.
Se quedó cavilando.
--¿Y por eso vota siempre por los conservadores?
--Así e, pibe. Ya ve que todo tiene su explicación. Hace má de treinta año
que voto por eso malandrine. Qué se va a hacer.
Martín se quedó mirándolo con admiración.
--Eh, sí... --murmuró el viejo--. A Natale lo decábano bacare.
Tito le guiñó un ojo a Martín.
--¿A quién, viejo?
--Lo briganti.
--¿Viste? Siempre la misma cosa. ¿Pa qué lo dejaban bajar, viejo?
--Per andaré a la santa misa. Due hore.
Asintió con la cabeza, mirando a lo lejos.
--Eh, sí... La notte de Natale. I fusilli tocábano la zambuna.
--¿Y qué cantaban lo fusilli, viejo?
--Cantábano
La notte de Natale e una festa principale que nascio
nostro Signore a una povera mangiatura.
--¿Y había mucha nieve, viejo?
--Eh, sí...
Y se quedó meditando en aquella tierra fabulosa. Y Tito le sonrió a Martín
con una mirada en que estaban mezcladas la ironía, la pena, el escepticismo y el
pudor.
--¿No te dije? Siempre la misma historia.
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