ojos mongólicos del indio. Y aquellos ojos hondos y ansiosos, aquella gran boca
desdeñosa, aquella mezcla de sentimientos y pasiones contradictorias que se
sospechaban en sus rasgos (de ansiedad y de fastidio, de violencia y de una
suerte de distraimiento, de sensualidad casi feroz y de una especie de asco por
algo muy general y profundo), todo confería a su expresión un carácter que no
se podía olvidar.
Martín también dijo que aunque no hubiese pasado nada entre ellos, aunque
sólo hubiera estado o hablado con ella en una única ocasión, a propósito de
cualquier nimiedad, no habría podido ya olvidar su cara en el resto de su vida.
Y Bruno pensaba que era cierto, pues era algo más que hermosa. O, mejor
dicho no se podía estar seguro de que fuera hermosa. Era distinto. Y resultaba
poderosamente atractiva para los hombres, como se advertía caminando a su
lado. Tenía cierto aire distraído y concentrado a la vez, como si estuviera
cavilando en algo angustioso o mirando hacia adentro, y era seguro que
cualquiera que tropezase con ella debía preguntarse, ¿quién es esta mujer, qué
busca, qué está pensando?
Aquel primer encuentro fue decisivo para Martín. Hasta ese momento, las
mujeres eran o esas vírgenes puras y heroicas de las leyendas, o seres
superficiales y frívolos, chismosos y sucios, ególatras y charlatanes, pérfidos y
materialistas ("como la propia madre de Martín", pensó Bruno que Martín
pensaba). Y de pronto se encontraba con una mujer que no encajaba en ninguno
de esos dos moldes, moldes que hasta ese encuentro él había creído que eran los
únicos. Durante mucho tiempo le angustió esa novedad, ese inesperado género
de mujer que, por un lado, parecía poseer algunas de las virtudes de aquel
modelo heroico que tanto le había apasionado en sus lecturas adolescentes, y,
por otro lado, revelaba esa sensualidad que él creía propia de la clase que
execraba. Y aún entonces, ya muerta Alejandra, y después de haber mantenido
con ella una relación tan intensa, no alcanzaba a ver con claridad en aquel gran
enigma; y se solía preguntar qué habría hecho en aquel segundo encuentro si
hubiera adivinado que ella era lo que luego los acontecimientos revelaron.
¿Habría huido?
Bruno lo miró en silencio: "Sí, ¿qué habría hecho?" Martín lo miró a su vez con
concentrada atención y después de unos segundos, dijo:
--Sufrí con ella tanto que muchas veces estuve al borde del suicidio.
"Y, no obstante, aun así, aun sabiendo de antemano todo lo que luego me
sucedió, habría corrido a su lado."
"Por supuesto", pensó Bruno. "¿Y qué otro hombre, muchacho o adulto, tonto o
sabio, no habría hecho lo mismo?" --Me fascinaba --agregó Martín-- como
un abismo tenebroso y si me desesperaba era precisamente porque la quería y la
necesitaba. ¿Cómo ha de desesperarnos algo que nos resulta indiferente?
Quedó largo rato pensativo y luego volvió a su obsesión: se empecinaba en
recordar (en tratar de recordar) los momentos con ella, como los enamorados
releen la vieja carta de amor que guardan en el bolsillo, cuando ya está alejado

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