mañana, durante mucho tiempo sintió que algo pesado pero indefinible se
movía en las zonas oscuras de su ser, hasta que comprendió que eso que
turbiamente se agitaba era la imagen de Wanda. Y lo comprendió, para peor, en
el momento en que ya había entrado en aquella imponente sala de espera,
cuando hasta por timidez le era imposible retroceder y cuando llegó al máximo
la sensación de desproporción; como en aquel cuento de Chéjov o Averchenko
(pensaba) en que un pobre diablo llega hasta el gerente de un banco para
finalmente aclarar que desea abrir una cuenta con veinte rublos. ¿Qué desatino
era todo aquello? Y estaba a punto de juntar todas sus fuerzas y retirarse cuando
oyó que un ordenanza español decía "señor Castillo". Con ironía, claro (pensó).
Porque nadie siente tanto desdén por los pobres diablos como los pobres diablos
con uniforme. Hombres correctísimos, con zapatos muy lustrados, con chaleco,
con el último botón del chaleco desprendido, con portafolios colmados de
Papeles Decisivos, esperando en los grandes sillones de cuero, lo miraban con
perplejidad e ironía (pensaba) a medida que avanzaba hacia la gran puerta,
mientras en otro estrato de su conciencia se repetía "veinte rublos", con
mortificante burla hacia sí mismo, hacia sus zapatos agujereados y su traje
manchado; todos honorables, con un reloj de oro en la muñeca que medía un
tiempo preciso, también de oro, lleno de Acontecimientos Financieros
Importantes; tiempo que contrastaba con los grandes espacios inútiles de su
vida, en que no hace otra cosa que pensar en un banco del parque; migajas de
tiempo andrajoso que contrastaba con aquel tiempo dorado como su piezucha
en la Boca con el formidable edificio de IMPRA. Y en el momento mismo en
que penetró en el recinto sagrado pensó "tengo fiebre", como siempre le sucedía
en los momentos de grandes angustias. Mientras veía al hombre detrás del
gigantesco escritorio, sentado en su gran sillón, corpulento, como si estuviera
hecho especialmente para aquel edificio. Y con una energía disparatada se
repitió "vengo, señor, a depositar veinte rublos".
--Siéntese, por favor --le dijo, indicándole uno de los sillones, mientras
firmaba Documentos que le presentaba una mujer oxigenada de una sensualidad
que contribuía a hundirlo un poco más, porque (supuso) sería capaz de
desnudarse delante de él como delante de un artefacto, como un objeto sin
conciencia ni sentidos; o como se desnudaban las grandes favoritas delante de
sus esclavos. "Wanda", pensó entonces: Wanda tomando claritos, coqueteando
con hombres, con él mismo, riéndose con frívola sensualidad, mojándose los
labios con la lengua, comiendo bombones como su madre; mientras veía un
mástil cromado sobre el gran escritorio, con una bandera argentina en miniatura;
carpeta de cuero; un enorme retrato de Perón dedicado al señor Molinari; varios
Diplomas enmarcados; una fotografía con marco de cuero dirigida hacia el
señor Molinari; un termo de material plástico; y el poema "Si" de Rudyard
Kipling, en caracteres góticos, enmarcado sobre una de las paredes. Numerosos
empleados y funcionarios entraban y salían con papeles, y también la secretaria
oxigenada, que había salido, volvió a entrar para mostrarle otros Papeles

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