--¿Los ojos negros? --comentó Bruno.
No, claro está: le había parecido. Y cuando la vio por segunda vez advirtió
con sorpresa que sus ojos eran de un verde oscuro. Acaso aquella primera
impresión se debió a la poca luz, o a la timidez que le impedía mirarla de
frente, o, más probablemente, a las dos causas juntas. También pudo observar,
en ese segundo encuentro, que aquel pelo largo y lacio que creyó tan renegrido
tenía, en realidad, reflejos rojizos. Más adelante fue completando su retrato: sus
labios eran gruesos y su boca grande, quizá muy grande, con unos pliegues
hacia abajo en las comisuras, que daban sensación de amargura y de desdén.
"Explicarme a mí cómo es Alejandra, se dijo Bruno, cómo es su cara, cómo
son los pliegues de su boca." Y pensó que eran precisamente aquellos pliegues
desdeñosos y cierto tenebroso brillo de sus ojos lo que sobre todo distinguía el
rostro de Alejandra del rostro de Georgina, a quien de verdad él había amado.
Porque ahora lo comprendía, había sido a ella a quien verdaderamente quiso,
pues cuando creyó enamorarse de Alejandra era a la madre de Alejandra a quien
buscaba, como esos monjes medievales que intentaban descifrar el texto
primitivo debajo de las restauraciones, debajo de las palabras borradas y
sustituidas. Y esa insensatez había sido la causa de tristes desencuentros con
Alejandra, experimentando a veces la misma sensación que podría sentirse al
llegar, después de muchísimos años de ausencia, a la casa de la infancia y, al
intentar abrir una puerta en la noche, encontrarse con una pared. Claro que su
cara era casi la misma que la de Georgina: su mismo pelo negro con reflejos
rojizos, sus ojos grisverdosos, su misma boca grande, sus mismos pómulos
mongólicos, su misma piel mate y pálida. Pero aquel "casi" era atroz, y tanto
más cuanto más sutil e imperceptible porque de ese modo el engaño era más
profundo y doloroso. Ya que no bastan --pensaba-- los huesos y la carne para
construir un rostro, y es por eso que es infinitamente menos físico que el cuerpo:
está calificado por la mirada, por el rictus de la boca, por las arrugas, por todo
ese conjunto de sutiles atributos con que el alma se revela a través de la carne.
Razón por la cual, en el instante mismo en que alguien muere, su cuerpo se
transforma bruscamente en algo distinto, tan distinto como para que podamos
decir "no parece la misma persona", no obstante tener los mismos huesos y la
misma materia que un segundo antes, un segundo antes de ese misterioso
momento en que el alma se retira del cuerpo y en que éste queda tan muerto
como queda una casa cuando se retiran para siempre los seres que la habitan y,
sobre todo, que sufrieron y se amaron en ella. Pues no son las paredes, ni el
techo, ni el piso lo que individualiza la casa sino esos seres que la viven con sus
conversaciones, sus risas, con sus amores y odios; seres que impregnan la casa
de algo inmaterial pero profundo, de algo tan poco material como es la sonrisa
en un rostro, aunque sea mediante objetos físicos como alfombras, libros o
colores. Pues los cuadros que vemos sobre las paredes, los colores con que han
sido pintadas las puertas y ventanas, el diseño de las alfombras, las flores que
encontramos en los cuartos, los discos y libros, aunque objetos materiales (como
10
|
|