Ante esto, el Primer Ministro por fin encontró su voz.
-¿No es... no es una broma, entonces?
Había sido su última esperanza desesperada.
-No -dijo Fudge gentilmente. -No, me temo que no. Mire.
Y transformó la taza de té del Primer Ministro en un jerbo.
-Pero, -dijo el Primer Ministro sin aliento, mirando su taza de té masticando
la esquina de su próximo discurso- ¿por qué, por qué nadie me dijo?
-El ministro de la magia solo se revela al actual Primer Ministro Muggle -
dijo Fudge, jugueteando con su varita en su chaqueta- Encontraremos la mejor
manera de mantenerlo en secreto.
-Pero entonces se quejó el Primer Ministro, -¿Por qué ningún Primer
Ministro anterior me ha advertido...?
Ante esto, Fudge había soltado una carcajada.
-Mi querido Primer Ministro, ¿alguna vez le va a decir a alguien?
Todavía riéndose, Fudge había tirado un poco de polvo en el hogar, había
entrado en las llamas color esmeralda y había desaparecido con un siseo. El Primer
Ministro se había quedado parado ahí, sin poder moverse y se había dado cuenta
que nunca, en toda su vida, se hubiera atrevido a contarle ese encuentro a ningún
alma viviente, ¿Quién diablos iba a creerle?
El shock tardo un momento en disiparse. Por un tiempo, trató de
convencerse que Fudge había sido una alucinación producida por la falta de sueño
durante la ardua campaña electoral. En vano trató de borrar todos los recuerdos de
ese encuentro tan incómodo, le dio el jerbo a su encantadora sobrina y le dio
instrucciones a su secretaria privada de que quitara el retrato del desagradable
hombrecito que había anunciado la llegada de Fudge. Sin embargo, para
desencanto del Primer Ministro, el retrato fue imposible de sacar. Cuando varios
carpinteros, uno o dos constructores, un historiador de arte, y el Canciller del Fisco
trataron sin éxito de sacarlo de la pared, el Primer Ministro abandonó todo intento
y resolvió simplemente esperar que la cosa permaneciera sin moverse y silenciosa
en la oficina por el resto de su gestión.
Harry Potter y el Misterio del Príncipe 6
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