Se encontraron con una escena de devastación total frente a sus ojos. Un
reloj de péndulo yacía destrozado a sus pies, el vidrio roto, su péndulo arrojado en
el piso un poco más allá como una espada caída. Un piano estaba de costado, sus
teclas esparcidas por el piso. Los restos de un candelabro yacían cerca, aún
moviéndose y tintineando. Los cojines estaban deshechos, las plumas asomándose
por la tela desgarrada; fragmentos de vidrio y porcelana estaban como polvo
encima de todo. Dumbledore levantó su varita aún más en alto, de modo que la luz
iluminara también las paredes, donde algo rojo y pegajoso estaba salpicado sobre
el papel tapiz. Dumbledore dio la vuelta al escuchar la exclamación de sorpresa de
Harry.
-Nada lindo, ¿verdad?- dijo con pesadez-. Sí, algo horrible ha sucedido aquí.
Dumbledore se movió con cuidado hacia el centro de la habitación,
escudriñando la destrucción a sus pies. Harry lo siguió, mirando a su alrededor,
medio asustado de lo que podría encontrar detrás de lo que quedaba del piano o
del sofá, pero no había señal alguna de un cadáver.
-¿Quizá hubo una pelea y... se lo llevaron arrastrando, Profesor?- sugirió
Harry, tratando de no imaginar qué tan herido debía estar una persona para dejar
ese tipo de manchas esparcidas por la mitad de las paredes.
-No lo creo- dijo Dumbledore silenciosamente, asomándose detrás de un
sillón dado vuelta.
-¿Quiere decir que él-?
-¿... aún está por aquí, en algún lado? Sí.
Sin ninguna advertencia, Dumbledore se abalanzó, enterrando la punta de
su varita en el asiento del sillón, al cual gritó:
-¡Auch!
-Buenas tardes, Horace- dijo Dumbledore, parándose derecho nuevamente.
La boca de Harry se abrió por sí sola. Donde hacía menos de un segundo
había un sillón ahora se encontraba un enormemente gordo, calvo, y anciano
hombre quien se estaba masajeando la barriga y mirando a Dumbledore a través
de un lloroso y agraviado ojo entrecerrado.
Harry Potter y el Misterio del Príncipe 52
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