Fudge se hundió en lo que era claramente un silencio molesto, pero fue roto
casi inmediatamente por el retrato, que habló de repente con su voz dura y fría.

-Al Primer Ministro de los muggles. Se requiere una reunión. Urgente. Sea
tan amable de responder de inmediato. Rufus Scrimgeour, Ministro de la Magia.

-Si, si, está bien ­dijo el Primer Ministro distraídamente y apenas se movió
mientras las llamas se tornaron verde esmeralda de nuevo, crecieron y revelaron
un segundo mago que giraba en su centro, depositándolo luego en la antigua
alfombra.

Fudge se paró y el Primer Ministro hizo lo mismo luego de un momento de
vacilación, mirando al recién llegado que se enderezaba, limpiaba su capa negra
larga y miraba alrededor.

El primer pensamiento tonto del Primer Ministro fue que Rufus Scrimgeour
se parecía a un viejo león. Había líneas grises en sus rizos color ocre y sus tupidas
cejas, tenía ojos amarillentos y una mirada intensa tras sus gafas de armazón
metálico, era muy alto y se movía con gracia a pesar de que caminaba con una leve
cojera. Daba una impresión inmediata de astucia y dureza, y el Primer Ministro
pensó que comprendía porque la Comunidad Mágica prefería a Scrimgeour en vez
de Fudge como un líder en estos tiempos peligrosos.

-¿Cómo está usted? ­dijo el Primer Ministro educadamente estirando su
mano.

Scrimgeour la estrechó brevemente, con sus ojos escrutando la habitación,
luego sacó la varita de su capa.

-¿Fudge le dijo todo? ­preguntó caminando hacia la puerta y golpeando la
cerradura con su varita. El Primer Ministro oyó la traba.

-Eh... si ­dijo el Primer Ministro. ­Y si no le importa preferiría que esa
puerta quedase sin llave.

-Y yo preferiría no ser interrumpido ­le espetó Scrimgeour -o espiado -
agregó apuntando con su varita a las ventanas, de modo que las cortinas se
corrieron- Bien, soy un hombre ocupado, así que vayamos al grano. Primero que
nada, tenemos que discutir su seguridad.

El Primer Ministro se irguió y replicó:




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