arrastraba furtivamente al otro lado de la calle desierta para visitar el
hospital. Harry y los demás salieron del auto, y Mundungus condujo
alrededor de la esquina para esperarlos. Caminaron de manera casual
hacia la ventana donde estaba parado el maniquí vestido en nylon
verde, entonces, uno por uno, pasaron a través del cristal.
El área de recepción lucía agradablemente festiva: los orbes de
cristal que iluminaban San Mungo habían sido coloreados de rojo y oro
para convertirlos en gigantescos adornos de Navidad que brillaban
intensamente; ramas de acebo colgaban de cada umbral; y en cada
esquina resplandecían blancos árboles de Navidad cubiertos de nieve
mágica y carámbanos, cada uno terminado en una brillante estrella
dorada. Estaba menos abarrotado que la última vez que habían estado
allí, aunque a medio camino a través del cuarto Harry se encontró
desviado a un lado por una bruja con un Satsuma atorado en su fosa
nasal izquierda.
-¿Disputa familiar, eh?- sonrió burlonamente la bruja rubia tras
el escritorio-.Es la tercera que he visto hoy... Daños por
Encantamientos, cuarto piso.
Encontraron al Señor Weasley apoyado en la cama con los restos
del pavo de su cena en una bandeja sobre su regazo y una expresión
bastante avergonzada en su rostro.
-¿Está todo bien, Arthur?- preguntó la Señora Weasley, después
que todos habían saludado a su esposo y entregado sus regalos.
-Bien bien- contestó el Señor Weasley, mostrándose como
demasiado cordial- ¿Tú.....er.....no has visto al Curador Smethwyck,
¿verdad?
-No- respondió la Señora Weasley con suspicacia-, ¿por qué?
-Nada, nada- expresó el Señor Weasley con ligereza,
comenzando a desenvolver su montón de obsequios-.¿Bien, todos
pasaron un buen día? ¿Qué obtuvieron para Navidad? ¡Ah, Harry, esto
es absolutamente maravilloso!-. Acababa de abrir el regalo de Harry, un
juego de fusibles y destornilladores.
La Señora Weasley no parecía completamente satisfecha con la
respuesta de su esposo. Cuando éste se inclinó para sacudir la mano de
Harry, miró los vendajes bajo su camisa de dormir.
-Arthur- dijo con un chasquido en su voz como el de una trampa
para ratones-. Te cambiaron los vendajes. ¿Por qué han tenido que
cambiarte de vendajes un día antes, Arthur? Me dijeron que no
necesitarían hacerlo hasta mañana.
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