- ¿Cómo sabes que no han cambiado las reglas, Gran D?
- No lo han hecho - dijo Dudley pensando que no sonaba
completamente convencido.
Harry se rió suavemente.
- No tienes cojones para jugar contra mí sin esa cosa, ¿no? - dijo
Dudley con un gruñido.
- Considerando que necesitas cuatro tíos detrás tuyo antes de
pegar a un niño de diez años, ¿sabes que el título de boxeo no puedes
seguir manteniéndolo? ¿Qué edad tenía tu oponente? ¿Siete? ¿Ocho?"
- Tenía dieciséis, para tu información - gruñó Dudley - y estuvo
peleando veinte minutos antes de que acabara con él y era dos veces
más pesado que tú. Tan sólo espera a que le cuente a papá que has
sacado esa cosa...
- Corriendo con papito ahora, ¿no? ¿Está este genio del boxeo
asustándose de la repugnante varita de Harry?
- No eres tan valiente en la noche, ¿verdad? - rió Dudley con cara
de desprecio.
- Esta es la noche, Diddykins. Es como nosotros la llamamos
cuando todo se pone oscuro así.
- ¡Me refiero a cuando estás en la cama! - Dudley gruñó.
Él había parado de andar. Harry se paró también, mirando
fijamente a su primo.
Con la poca luz que les llegaba podía vislumbrar la gran cara de
Dudley, extrañamente triunfante.
- ¿Qué quieres decir, que no soy valiente cuando estoy en la
cama? - dijo Harry, completamente pasmado - ¿A qué se supone que
tengo que tenerle miedo, a almohadas o algo así?
- Te escuché la pasada noche - dijo Dudley entrecortadamente -.
Hablando mientras dormías. Gimiendo.
- ¿Qué quieres decir?" repitió Harry, pero con una sensación fría
en su estómago. Había visitado el cementerio en sueños la pasada
noche.
Dudley se rió estridentemente, luego adoptó una aguda
lloriqueante voz.
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