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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling

más remedio que dejarse arrastrar por Moody, que le había puesto en el hombro una de sus
nudosas manos.
-Pero ¿qué pasaba? -preguntó Ron observando a Neville y Moody doblar la esquina.
-No lo sé -repuso Hermione, pensativa.
-¡Vaya clase!, ¿eh? -comentó Ron, mientras emprendían el camino hacia el Gran
Comedor-. Fred y George tenían razón. Este Moody sabe de qué va la cosa, ¿a que sí? Cuando
hizo la maldición Avada Kedavra, ¿te fijaste en cómo murió la araña, cómo estiró la pata?
Ron enmudeció de pronto ante la mirada de Harry, y no volvió a decir nada hasta que
llegaron al Gran Comedor, cuando se atrevió a comentar que sería mejor que empezaran
aquella misma noche con el trabajo para la profesora Trelawney, porque les llevaría unas
cuantas horas.
Hermione no participó en la conversación de Harry y Ron durante la cena, sino que
comió a toda prisa para volver a la biblioteca. Harry y Ron fueron hacia la torre de
Gryffindor, y Harry, que no había pensado en otra cosa durante toda la cena, volvió al tema de
las maldiciones imperdonables.
-¿No se meterán en un aprieto Moody y Dumbledore si el Ministerio se entera de que
hemos visto las maldiciones? -preguntó, cuando se acercaban a la Señora Gorda.
-Sí, seguramente -contestó Ron-. Pero Dumbledore siempre ha hecho las cosas a su
manera, ¿no?, y me parece que Moody se ha estado metiendo en problemas desde hace años.
Primero ataca y luego pregunta... Fíjate en lo de los contenedores de basura. «Tonterías...»
La Señora Gorda se hizo a un lado para dejarles paso, y ellos entraron en la sala común
de Gryffindor, que estaba muy animada y llena de gente.
-Entonces, ¿nos ponemos con lo de Adivinación? -propuso Harry.
-Deberíamos -respondió Ron refunfuñando.
Fueron por los libros y los mapas al dormitorio, y encontraron a Neville allí solo, sentado
en la cama, leyendo. Parecía mucho más tranquilo que al final de la clase de Moody, aunque
todavía no estuviera del todo normal. Tenía los ojos enrojecidos.
-¿Estás bien, Neville? -le preguntó Harry.
-Sí, sí -respondió Neville-, estoy bien, gracias. Estoy leyendo este libro que me ha dejado
el profesor Moody...
Levantó el libro para que lo vieran. Se titulaba Las plantas acuáticas mágicas del
Mediterráneo y sus propiedades.
-Parece que la profesora Sprout le ha dicho al profesor Moody que soy muy bueno en
Herbología -dijo Neville. Había una tenue nota de orgullo en su voz que Harry no había
percibido nunca-. Pensó que me gustaría este libro.
Decirle a Neville lo que la profesora Sprout opinaba de él, pensó Harry, había sido una
manera muy hábil de animarlo, porque muy raramente oía decir que fuera bueno en algo. Era
un gesto del estilo de los del profesor Lupin.
Harry y Ron cogieron sus ejemplares de Disipar las nieblas del futuro y volvieron con
ellos a la sala común, encontraron una mesa libre y se pusieron a trabajar en las predicciones
para el mes siguiente. Al cabo de una hora habían hecho muy pocos progresos, aunque la
mesa estaba abarrotada de trozos de pergamino llenos de cuentas y símbolos, y Harry tenía la
cabeza tan neblinosa como si se le hubiera metido dentro todo el humo procedente de la
chimenea de la profesora Trelawney.
-No tengo ni idea de qué significa todo esto -declaró, observando una larga lista de
cálculos.
-¿Sabes qué? -dijo Ron, que tenía el pelo de punta a causa de todas las veces que se había
pasado los dedos por él llevado por la desesperación-. Creo que tendríamos que usar el
método alternativo de Adivinación.
-¿Qué quieres decir? ¿Que nos lo inventemos?
-Claro -contestó Ron, que barrió de la mesa el batiburrillo de cuentas y apuntes, mojó la
pluma en tinta y comenzó a escribir-. El próximo lunes -dijo, mientras escribía- es probable
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