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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling

dicho a nadie que venías. No mientas a lord Voldemort, muggle, porque él sabe... él siempre
sabe...
-¿Es verdad eso? -respondió Frank bruscamente-. ¿Es usted un lord? Bien, no es que sus
modales me parezcan muy refinados, milord. Vuélvase y dé la cara como un hombre. ¿Por
qué no lo hace?
-Pero es que yo no soy un hombre, muggle -dijo la fría voz, apenas audible por encima
del crepitar de las llamas-. Soy mucho, mucho más que un hombre. Sin embargo... ¿por qué
no? Daré la cara... Colagusano, ven a girar mi butaca.
El vasallo profirió un quejido.
-Ya me has oído, Colagusano.
Lentamente, con el rostro crispado como si prefiriera hacer cualquier cosa antes que
aproximarse a su señor y a la alfombra en que descansaba la serpiente, el hombrecillo dio
unos pasos hacia delante y comenzó a girar la butaca. La serpiente levantó su fea cabeza
triangular y profirió un silbido cuando las patas del asiento se engancharon en la alfombra.
Y entonces Frank tuvo la parte delantera de la butaca ante sí y vio lo que había sentado
en ella. El cayado se le resbaló al suelo con estrépito. Abrió la boca y profirió un grito. Gritó
tan alto que no oyó lo que decía la cosa que había en el sillón mientras levantaba una varita.
Vio un resplandor de luz verde y oyó un chasquido antes de desplomarse. Cuando llegó al
suelo, Frank Bryce ya había muerto.
A trescientos kilómetros de distancia, un muchacho llamado Harry Potter se despertó
sobresaltado.



2

La cicatriz

Harry se hallaba acostado boca arriba, jadeando como si hubiera estado corriendo. Acababa
de despertarse de un sueño muy vívido y tenía las manos sobre la cara. La antigua cicatriz con
forma de rayo le ardía bajo los dedos como si alguien le hubiera aplicado un hierro al rojo
vivo.
Se incorporó en la cama con una mano aún en la cicatriz de la frente y la otra buscando
en la oscuridad las gafas, que estaban sobre la mesita de noche. Al ponérselas, el dormitorio
se convirtió en un lugar un poco más nítido, iluminado por una leve y brumosa luz anaranjada
que se filtraba por las cortinas de la ventana desde la farola de la calle.
Volvió a tocarse la cicatriz. Aún le dolía. Encendió la lámpara que tenía a su lado y se
levantó de la cama; cruzó el dormitorio, abrió el armario ropero y se miró en el espejo que
había en el lado interno de la puerta. Un delgado muchacho de catorce años le devolvió la
mirada con una expresión de desconcierto en los brillantes ojos verdes, que relucían bajo el
enmarañado pelo negro. Examinó más de cerca la cicatriz en forma de rayo del reflejo.
Parecía normal, pero seguía escociéndole.
Harry intentó recordar lo que soñaba antes de despertarse. Había sido tan real...
Aparecían dos personas a las que conocía, y otra a la que no. Se concentró todo lo que pudo,
frunciendo el entrecejo, tratando de recordar...
Vislumbró la oscura imagen de una estancia en penumbra. Había una serpiente sobre una
alfombra... un hombre pequeño llamado Peter y apodado Colagusano... y una voz fría y
aguda... la voz de lord Voldemort. Sólo con pensarlo, Harry sintió como si un cubito de hielo
se le hubiera deslizado por la garganta hasta el estómago.
Apretó los ojos con fuerza e intentó recordar qué aspecto tenía lord Voldemort, pero no
pudo, porque en el momento en que la butaca giró y él, Harry, lo vio sentado en ella, el es-
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