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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling
qué les gusta. He traído huevos de hormiga, hígado de rana y trozos de culebra. Probad con un
poco de cada.
-Primero el pus y ahora esto -murmuró Seamus.
Nada salvo el profundo afecto que le tenían a Hagrid podría haber convencido a Harry,
Ron y Hermione de coger puñados de hígado despachurrado de rana y tratar de tentar con él a
los escregutos de cola explosiva. A Harry no se le iba de la cabeza la idea de que aquello era
completamente absurdo, porque los escregutos ni siquiera parecían tener boca.
-¡Ay! -gritó Dean Thomas, unos diez minutos después-. ¡Me ha hecho daño!
Hagrid, nervioso, corrió hacia él.
-¡Le ha estallado la cola y me ha quemado! -explicó Dean enfadado, mostrándole a
Hagrid la mano enrojecida.
-¡Ah, sí, eso puede pasar cuando explotan! -dijo Hagrid, asintiendo con la cabeza.
-¡Ay! -exclamó de nuevo Lavender Brown-. Hagrid, ¿para qué hacemos esto?
-Bueno, algunos tienen aguijón -repuso con entusiasmo Hagrid (Lavender se apresuró a
retirar la mano de la caja). Probablemente son los machos... Las hembras tienen en la barriga
una especie de cosa succionadora... creo que es para chupar sangre.
-Ahora ya comprendo por qué estamos intentando criarlos -dijo Malfoy sarcásticamente-.
¿Quién no querría tener una mascota capaz de quemarlo, aguijonearlo y chuparle la sangre al
mismo tiempo?
-El que no sean muy agradables no quiere decir que no sean útiles -replicó Hermione con
brusquedad-. La sangre de dragón es increíblemente útil por sus propiedades mágicas, aunque
nadie querría tener un dragón como mascota, ¿no?
Harry y Ron sonrieron mirando a Hagrid, quien también les dirigió disimuladamente una
sonrisa tras su poblada barba. Nada le hubiera gustado más a Hagrid que tener como mascota
un dragón, como sabían muy bien Harry, Ron y Hermione: cuando ellos estaban en primer
curso, Hagrid había poseído durante un breve período un fiero ridgeback noruego al que
llamaba Norberto. Sencillamente, Hagrid tenía debilidad por las criaturas monstruosas: cuanto
más peligrosas, mejor.
-Bueno, al menos los escregutos son pequeños -comentó Ron una hora más tarde,
mientras regresaban al castillo para comer.
-Lo son ahora -repuso Hermione, exasperada-. Cuando Hagrid haya averiguado lo que
comen, me temo que pueden hacerse de dos metros.
-Bueno, no importará mucho si resulta que curan el mareo o algo, ¿no? -dijo Ron con una
sonrisa pícara.
-Sabes bien que eso sólo lo dije para que Malfoy se callara -contestó Hermione-. Pero la
verdad es que sospecho que tiene razón. Lo mejor que se podría hacer con ellos es pisarlos
antes de que nos empiecen a atacar.
Se sentaron a la mesa de Gryffindor y se sirvieron patatas y chuletas de cordero.
Hermione empezó a comer tan rápido que Harry y Ron se quedaron mirándola.
-Eh... ¿se trata de la nueva estrategia de campaña por los derechos de los elfos? -le
preguntó Ron-. ¿Intentas vomitar?
-No -respondió Hermione con toda la elegancia que le fue posible teniendo la boca llena
de coles de Bruselas-. Sólo quiero ir a la biblioteca.
-¿Qué? -exclamó Ron sin dar crédito a sus oídos-. Hermione, ¡hoy es el primer día del
curso! ¡Todavía no nos han puesto deberes!
Hermione se encogió de hombros y siguió engullendo la comida como si no hubiera
probado bocado en varios días. Luego se puso en pie de un salto, les dijo «¡Os veré en la
cena!» y salió a toda velocidad.
Cuando sonó la campana para anunciar el comienzo de las clases de la tarde, Harry y Ron
se encaminaron hacia la torre norte, en la que, al final de una estrecha escalera de caracol, una
escala plateada ascendía hasta una trampilla circular que había en el techo, por la que se
entraba en el aula donde vivía la profesora Trelawney.
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