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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling
-Una maldición más... mi fiel vasallo en Hogwarts... Harry Potter es prácticamente mío,
Colagusano. Está decidido. No lo discutiremos más. Silencio... Creo que oigo a Nagini...
Y la voz del segundo hombre cambió. Comenzó a emitir unos sonidos que Frank no
había oído nunca; silbaba y escupía sin tomar aliento. Frank supuso que le estaba dando un
ataque.
Y entonces Frank oyó que algo se movía detrás de él, en el oscuro corredor. Se volvió a
mirar, y el terror lo paralizó.
Algo se arrastraba hacia él por el suelo y, cuando se acercó a la línea de luz, vio,
estremecido de pavor, que se trataba de una serpiente gigante de al menos cuatro metros de
longitud. Horrorizado, Frank observó cómo su cuerpo sinuoso trazaba un sendero a través de
la espesa capa de polvo del suelo, aproximándose cada vez más. ¿Qué podía hacer? El único
lugar al que podía escapar era la habitación en la que dos hombres tramaban un asesinato, y, si
se quedaba donde estaba, sin duda la serpiente lo mataría.
Antes de que hubiera tomado una decisión, la serpiente había llegado al punto del
corredor en que él se encontraba e, increíble, milagrosamente, pasó de largo; iba siguiendo los
sonido siseantes, como escupitajos, que emitía la voz al otro lado de la puerta y, al cabo de
unos segundos, la punta de su cola adornada con rombos había desaparecido por el resquicio
de la puerta.
Frank tenía la frente empapada en sudor, y la mano con que sostenía el cayado le
temblaba. Dentro de la habitación, la iría voz seguía silbando, y a Frank se le ocurrió una idea
extraña, una idea imposible: que aquel hombre era capaz de hablar con las serpientes. No
comprendía lo que pasaba. Hubiera querido, más que nada en el mundo, hallarse en su cama
con la botella de agua caliente. El problema era que sus piernas no parecían querer moverse.
De repente, mientras seguía allí temblando e intentando dominarse, la fría voz volvió a
utilizar el idioma de Frank.
-Nagini tiene interesantes noticias, Colagusano -dijo.
-¿De... de verdad, señor?
-Sí, de verdad -afirmó la voz-. Según Nagini, hay un muggle viejo al otro lado de la
puerta, escuchando todo lo que decimos.
Frank no tuvo posibilidad de ocultarse. Oyó primero unos pasos, y luego la puerta de la
habitación se abrió de golpe.
Un hombre bajo y calvo con algo de pelo gris, nariz puntiaguda y ojos pequeños y
llorosos apareció ante él con una expresión en la que se mezclaban el miedo y la alarma.
-Invítalo a entrar, Colagusano. ¿Dónde está tu buena educación?
La fría voz provenía de la vieja butaca que había delante de la chimenea, pero Frank no
pudo ver al que hablaba. La serpiente estaba enrollada sobre la podrida alfombra que había al
lado del fuego, como una horrible parodia de perro hogareño.
Con una seña, Colagusano ordenó a Frank que entrara. Aunque todavía profundamente
conmocionado, éste agarró el cayado con más fuerza y pasó el umbral cojeando.
La lumbre era la única fuente de luz en la habitación, y proyectaba sobre las paredes
largas sombras en forma de araña. Frank dirigió la vista al respaldo de la butaca: el hombre
que estaba sentado en ella debía de ser aún más pequeño que su vasallo, porque Frank ni
siquiera podía vislumbrar la parte de atrás de su cabeza.
-¿Lo has oído todo, muggle? -dijo la fría voz.
-¿Cómo me ha llamado? -preguntó Frank desafiante, porque, una vez dentro y llegado el
momento de hacer algo, se sentía más valiente. Así le había ocurrido siempre en la guerra.
-Te he llamado muggle -explicó la voz con serenidad-. Quiere decir que no eres mago.
-No sé qué quiere decir con eso de mago -dijo Frank, con la voz cada vez más firme-.
Todo lo que sé es que he oído cosas que merecerían el interés de la policía. ¡Usted ha
cometido un asesinato y planea otros! Y le diré otra cosa -añadió, en un rapto de inspiración-:
mi mujer sabe que estoy aquí, y si no he vuelto...
-Tú no tienes mujer -cortó la fría voz, muy suave-. Nadie sabe que estás aquí. No le has
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