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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling

McGonagall. En la silla contigua, y en el mismo centro de la mesa, estaba sentado el profesor
Dumbledore, el director: su abundante pelo plateado y su barba brillaban a la luz de las velas,
y llevaba una majestuosa túnica de color verde oscuro bordada con multitud de estrellas y
lunas. Dumbledore había juntado las yemas de sus largos y delgados dedos, y apoyaba sobre
ellas la barbilla, mirando al techo a través de sus gafas de media luna, como absorto en sus
pensamientos. Harry también miró al techo. Por obra de encantamiento, tenía exactamente el
mismo aspecto que el cielo al aire libre, aunque nunca lo había visto tan tormentoso como
aquel día. Se arremolinaban en él nubes de color negro y morado. Después de oír un trueno,
Harry vio que un rayo dibujaba en el techo su forma ahorquillada.
-¡Que se den prisa! -gimió Ron, al lado de Harry-. Podría comerme un hipogrifo.
No había acabado de pronunciar aquellas palabras cuando se abrieron las puertas del
Gran Comedor y se hizo el silencio. La profesora McGonagall marchaba a la cabeza de una
larga fila de alumnos de primero, a los que condujo hasta la parte superior del Gran Comedor,
donde se encontraba la mesa de los profesores. Si Harry, Ron y Hermione estaban mojados, lo
suyo no era nada comparado con lo de aquellos alumnos de primero. Más que haber navegado
por el lago, parecían haberlo pasado a nado. Temblando con una mezcla de frío y nervios,
llegaron a la altura de la mesa de los profesores y se detuvieron, puestos en fila, de cara al
resto de los estudiantes. El único que no temblaba era el más pequeño de todos, un muchacho
con pelo castaño desvaído que iba envuelto en lo que Harry reconoció como el abrigo de piel
de topo de Hagrid. El abrigo le venía tan grande que parecía que estuviera envuelto en un
toldo de piel negra. Su carita salía del cuello del abrigo con aspecto de estar al borde de la
conmoción. Cuando se puso en fila con sus aterrorizados compañeros, vio a Colin Creevey,
levantó dos veces el pulgar para darle a entender que todo iba bien y dijo sin hablar,
moviendo sólo los labios: «¡Me he caído en el lago!» Parecía completamente encantado por el
accidente.
Entonces la profesora McGonagall colocó un taburete de cuatro patas en el suelo ante los
alumnos de primero y, encima de él, un sombrero extremadamente viejo, sucio y remendado.
Los de primero lo miraban, y también el resto de la concurrencia. Por un momento el Gran
Comedor quedó en silencio. Entonces se abrió un desgarrón que el sombrero tenía cerca del
ala, formando como una boca, y empezó a cantar:

Hace tal vez mil años
que me cortaron, ahormaron y cosieron.
Había entonces cuatro magos de fama
de los que la memoria los nombres guarda:

El valeroso Gryffindor venía del páramo;
el bello Ravenclaw, de la cañada;
del ancho valle procedía Hufflepuff el suave,
y el astuto Slytherin, de los pantanos.

Compartían un deseo, una esperanza, un sueño:
idearon de común acuerdo un atrevido plan
para educar jóvenes brujos.
Así nació Hogwarts, este colegio.

Luego, cada uno de aquellos fundadores
fundó una casa diferente
para los diferentes caracteres
de su alumnado.

Para Gryffindor
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