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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling

otro. He aguardado trece años. Unos meses más darán lo mismo. Por lo que respecta a la
protección que lo rodea, estoy convencido de que mi plan dará resultado. Lo único que se
necesita es un poco de valor por tu parte... Un valor que estoy seguro de que encontrarás, a
menos que quieras sufrir la ira de lord Voldemort.
-¡Señor, dejadme hablar! -dijo Colagusano con una nota de pánico en la voz-. Durante el
viaje le he dado vueltas en la cabeza al plan... Señor, no tardarán en darse cuenta de la
desaparición de Bertha Jorkins. Y, si seguimos adelante, si yo echo la maldición...
-¿«Si»? -susurró la otra voz-. Si sigues el plan, Colagusano, el Ministerio no tendrá que
enterarse de que ha desaparecido nadie más. Lo harás discretamente, sin alboroto. Ya me
gustaría poder hacerlo por mí mismo, pero en estas condiciones... Vamos, Colagusano, otro
obstáculo menos y tendremos despejado el camino hacia Harry Potter. No te estoy pidiendo
que lo hagas solo. Para entonces, mi fiel vasallo se habrá unido a nosotros.
-Yo también soy un vasallo fiel -repuso Colagusano con una levísima nota de
resentimiento en la voz.
-Colagusano, necesito a alguien con cerebro, alguien cuya lealtad no haya flaqueado
nunca. Y tú, por desgracia, no cumples ninguno de esos requisitos.
-Yo os encontré -contestó Colagusano, y esta vez había un claro tono de aspereza en su
voz-. Fui el que os encontró, y os traje a Bertha Jorkins.
-Eso es verdad -admitió el segundo hombre, aparentemente divertido-. Un golpe brillante
del que no te hubiera creído capaz, Colagusano. Aunque, a decir verdad, ni te imaginabas lo
útil que nos sería cuando la atrapaste, ¿a que no?
-Pen... pensaba que podía serlo, señor.
-Mentiroso -dijo de nuevo la otra voz con un regocijo cruel más evidente que nunca-. Sin
embargo, no niego que su información resultó enormemente valiosa. Sin ella, yo nunca habría
podido maquinar nuestro plan, y por eso recibirás tu recompensa, Colagusano. Te permitiré
llevar a cabo una labor esencial para mí; muchos de mis seguidores darían su mano derecha
por tener el honor de desempeñarla...
-¿De... de verdad, señor? -Colagusano parecía de nuevo aterrorizado-. ¿Y qué...?
-¡Ah, Colagusano, no querrás que te lo descubra y eche a perder la sorpresa! Tu parte
llegará al final de todo... pero te lo prometo: tendrás el honor de resultar tan útil como Bertha
Jorkins.
-Vos... Vos... -La voz de Colagusano sonó repentinamente ronca, como si se le hubiera
quedado la boca completamente seca-. Vos... ¿vais a matarme... también a mí?
-Colagusano, Colagusano -dijo la voz iría, que ahora había adquirido una gran suavidad-,
¿por qué tendría que matarte? Maté a Bertha porque tenía que hacerlo. Después de mi
interrogatorio ya no servía para nada, absolutamente para nada. Y, sin duda, si hubiera vuelto
al Ministerio con la noticia de que te había conocido durante las vacaciones, le habrían hecho
unas preguntas muy embarazosas. Los magos que han sido dados por muertos deberían evitar
encontrarse con brujas del Ministerio de Magia en las posadas del camino...
Colagusano murmuró algo en voz tan baja que Frank no pudo oírlo, pero lo que fuera
hizo reír al segundo hombre: una risa completamente amarga, y tan fría como su voz.
-¿Que podríamos haber modificado su memoria? Es verdad, pero un mago con grandes
poderes puede romper los encantamientos desmemorizantes, como te demostré al interrogarla.
Sería un insulto a su recuerdo no dar uso a la información que le sonsaqué, Colagusano.
Fuera, en el corredor, Frank se dio cuenta de que la mano que agarraba el cayado estaba
empapada en sudor. El hombre de la voz fría había matado a una mujer, y hablaba de ello sin
ningún tipo de remordimiento, con regocijo. Era peligroso, un loco. Y planeaba más
asesinatos: aquel muchacho, Harry Potter, quienquiera que fuese, se hallaba en peligro.
Frank supo lo que tenía que hacer. Aquél era, sin duda, el momento de ir a la policía.
Saldría sigilosamente de la casa e iría directo a la cabina telefónica de la aldea. Pero la voz
fría había vuelto a hablar, y Frank permaneció donde estaba, inmóvil, escuchando con toda su
atención.
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