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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling

día del partido, ¿no? -repuso Percy-. A decir verdad, fue un poco imprudente al hacer una
declaración pública sin contar primero con la autorización del director de su departamento...
-¡No te atrevas a culpar a tu padre por lo que escribió esa miserable de Skeeter! -dijo la
señora Weasley, estallando de repente.
-Si papá no hubiera dicho nada, la vieja Rita habría escrito que era lamentable que nadie
del Ministerio informara de nada -intervino Bill, que estaba jugando al ajedrez con Ron-. Rita
Skeeter nunca deja bien a nadie. Recuerda que en una ocasión entrevistó a todos los
rompedores de maldiciones de Gringotts, y a mí me llamó «gilí del pelo largo».
-Bueno, la verdad es que está un poco largo, cielo -dijo con suavidad la señora Weasley-.
Si me dejaras tan sólo que...
-No, mamá.
La lluvia golpeaba contra la ventana de la sala de estar. Hermione se hallaba inmersa en
el Libro reglamentario de hechizos, curso 4º, del que la señora Weasley había comprado
ejemplares para ella, Harry y Ron en el callejón Diagon. Charlie zurcía un pasamontañas a
prueba de fuego. Harry, que tenía a sus pies el equipo de mantenimiento de escobas voladoras
que le había regalado Hermione el día en que cumplió trece años, le sacaba brillo a su Saeta
de Fuego. Fred y George estaban sentados en un rincón algo apartado, con las plumas en la
mano, cuchicheando con la cabeza inclinada sobre un pedazo de pergamino.
-¿Qué andáis tramando? -les preguntó la señora Weasley de pronto, con los ojos clavados
en ellos.
-Son deberes -explicó vagamente Fred.
-No digas tonterías. Todavía estáis de vacaciones -replicó la señora Weasley.
-Sí, nos hemos retrasado bastante -repuso George.
-No estaréis por casualidad redactando un nuevo cupón de pedido, ¿verdad? -dijo con
recelo la señora Weasley-. Espero que no se os haya pasado por la cabeza volver a las andadas
con los «Sortilegios Weasley».
-¡Mamá! -dijo Fred, levantando la vista hacia ella, con mirada de dolor-. Si mañana se
estrella el expreso de Hogwarts y George y yo morimos, ¿cómo te sentirías sabiendo que la
última cosa que oímos de ti fue una acusación infundada?
Todos se rieron, hasta la señora Weasley.
-¡Ya viene vuestro padre! -anunció repentinamente, al volver a mirar el reloj.
La manecilla del señor Weasley había pasado de pronto de «En el trabajo» a «Viajando».
Un segundo más tarde se había detenido en la indicación «En casa», con las demás
manecillas, y lo oyeron en la cocina.
-¡Voy, Arthur! -dijo la señora Weasley, saliendo a toda prisa de la sala.
Un poco después el señor Weasley entraba en la cálida sala de estar, con su cena en una
bandeja. Parecía reventado de cansancio.
-Bueno, ahora sí que se va a armar la gorda -dijo, sentándose en un butacón junto al
fuego, y jugueteando sin entusiasmo con la coliflor un poco mustia de su plato-. Rita Skeeter
se ha pasado la semana husmeando en busca de algún otro lío ministerial del que informar en
el periódico, y acaba de enterarse de la desaparición de la pobre Bertha, así que ya tiene titular
para El Profeta de mañana. Le advertí a Bagman que debería haber mandado a alguien a
buscarla hace mucho tiempo.
-El señor Crouch lleva semanas diciendo lo mismo -se apresuró a añadir Percy.
-Crouch tiene suerte de que Rita no se haya enterado de lo de Winky -dijo el señor
Weasley irritado-. Habríamos tenido una semana entera de titulares a propósito de que
encontraran a su elfina doméstica con la varita con la que se invocó la Marca Tenebrosa.
-Creía que todos estábamos de acuerdo en que esa elfina, aunque sea una irresponsable,
no fue quien convocó la Marca -replicó Percy, molesto.
-¡Si te interesa mi opinión, el señor Crouch tiene mucha suerte de que en El Profeta nadie
sepa lo mal que trata a los elfos! -dijo enfadada Hermione.
-¡Mira por dónde! -repuso Percy-. Hermione, un funcionario de alto rango del Ministerio
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