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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling

-¡Alto! -gritó una voz familiar-. ¡ALTO! ¡Es mi hijo!
El pelo de Harry volvió a asentarse. Levantó un poco más la cabeza. El mago que tenía
delante acababa de bajar la varita. Al darse la vuelta vio al señor Weasley, que avanzaba hacia
ellos a zancadas, aterrorizado.
-Ron... Harry... -Su voz sonaba temblorosa-. Hermione... ¿Estáis bien?
-Apártate, Arthur -dijo una voz fría y cortante.
Era el señor Crouch. Él y los otros magos del Ministerio estaban acercándose. Harry se
puso en pie de cara a ellos. Crouch tenía el rostro crispado de rabia.
-¿Quién de vosotros lo ha hecho? -dijo bruscamente, fulminándolos con la mirada-.
¿Quién de vosotros ha invocado la Marca Tenebrosa?
-¡Nosotros no hemos invocado eso! -exclamó Harry, señalando la calavera.
-¡No hemos hecho nada! -añadió Ron, frotándose el codo y mirando a su padre con
expresión indignada-. ¿Por qué nos atacáis?
-¡No mienta, señor Potter! -gritó el señor Crouch. Seguía apuntando a Ron con la varita,
y los ojos casi se le salían de las órbitas: parecía enloquecido-. ¡Lo hemos descubierto en el
lugar del crimen!
-Barty... -susurró una bruja vestida con una bata larga de lana-. Son niños, Barty. Nunca
podrían haberlo hecho...
-Decidme, ¿de dónde ha salido la Marca Tenebrosa? -preguntó apresuradamente el señor
Weasley.
-De allí -respondió Hermione temblorosa, señalando el lugar del que había partido la
voz-. Estaban detrás de los árboles. Gritaron unas palabras... un conjuro.
-¿Conque estaban allí? -dijo el señor Crouch, volviendo sus desorbitados ojos hacia
Hermione, con la desconfianza impresa en cada rasgó del rostro-. ¿Conque pronunciaron un
conjuro? Usted parece muy bien informada de la manera en que se invoca la Marca
Tenebrosa, señorita.
Pero, aparte del señor Crouch, ningún otro mago del Ministerio parecía creer ni
remotamente que Harry, Ron y Hermione pudieran haber invocado la calavera. Por el con-
trario, después de oír a Hermione habían vuelto a alzar las varitas y apuntaban a la dirección a
la que ella había señalado, tratando de ver algo entre los árboles.
-Demasiado tarde -dijo sacudiendo la cabeza la bruja vestida con la bata larga de lana-.
Se han desaparecido.
-No lo creo -declaró un mago de barba escasa de color castaño. Era Amos Diggory, el
padre de Cedric-. Nuestros rayos aturdidores penetraron en aquella dirección, así que hay
muchas posibilidades de que los hayamos atrapado...
-¡Ten cuidado, Amos! -le advirtieron algunos de los magos cuando el señor Diggory alzó
la varita, fue hacia el borde del claro y desapareció en la oscuridad.
Hermione se llevó las manos a la boca cuando lo vio desaparecer.
Al cabo de unos segundos lo oyeron gritar:
-¡Sí! ¡Los hemos capturado! ¡Aquí hay alguien! ¡Está inconsciente! Es... Pero... ¡caray!
-¿Has atrapado a alguien? -le gritó el señor Crouch, con tono de incredulidad-. ¿A quién?
¿Quién es?
Oyeron chasquear ramas, crujir hojas y luego unos pasos sonoros hasta que el señor
Diggory salió de entre los árboles. Llevaba en los brazos a un ser pequeño, desmayado. Harry
reconoció enseguida el paño de cocina. Era Winky.
El señor Crouch no se movió ni dijo nada mientras el señor Diggory depositaba a la
elfina en el suelo, a sus pies. Los otros magos del Ministerio miraban al señor Crouch, que se
quedó paralizado durante unos segundos, muy pálido, con los ojos fijos en Winky. Luego
pareció despertar.
-Esto... es... imposible -balbuceó-. No...
Rodeó al señor Diggory y se dirigió a zancadas al lugar en que éste había encontrado a
Winky.
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