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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling
Harry miró por encima de los omniculares, y vio que los leprechauns, que observaban el
partido desde las líneas de banda, habían vuelto a elevarse y a formar el brillante y enorme
trébol. Desde el otro lado del campo, las veelas los miraban mal encaradas.
Enfadado consigo mismo, Harry volvió a poner la ruedecilla en velocidad normal antes
de que el juego se reanudara.
Harry sabía lo suficiente de quidditch para darse cuenta de que los cazadores de Irlanda
eran soberbios. Formaban un equipo perfectamente coordinado, y, por las posiciones que
ocupaban, parecía como si cada uno pudiera leer la mente de los otros. La escarapela que
llevaba Harry en el pecho no dejaba de gritar sus nombres: «¡Troy... Mullet... Moran!» Al
cabo de diez minutos, Irlanda había marcado otras dos veces, hasta alcanzar el treinta a cero,
lo que había provocado mareas de vítores atronadores entre su afición, vestida de verde.
El juego se tomó aún más rápido pero también más brutal. Volkov y Vulchanov, los
golpeadores búlgaros, aporreaban las bludgers con todas sus fuerzas para pegar con ellas a los
cazadores del equipo de Irlanda, y les impedían hacer uso de algunos de sus mejores
movimientos: dos veces se vieron forzados a dispersarse y luego, por fin, Ivanova logró
romper su defensa, esquivar al guardián, Ryan, y marcar el primer tanto del equipo de
Bulgaria.
-¡Meteos los dedos en las orejas! -les gritó el señor Weasley cuando las veelas
empezaron a bailar para celebrarlo.
Harry además cerró los ojos: no quería que su mente se evadiera del juego. Tras unos
segundos, se atrevió a echar una mirada al terreno de juego: las veelas ya habían dejado de
bailar, y Bulgaria volvía a estar en posesión de la quaffle.
-¡Dimitrov! ¡Levski! ¡Dimitrov! Ivanova... ¡ ¡eh!! -bramó Bagman.
Cien mil magos y brujas ahogaron un grito cuando los dos buscadores, Krum y Lynch,
cayeron en picado por en medio de los cazadores, tan veloces como si se hubieran tirado de
un avión sin paracaídas. Harry siguió su descenso con los omniculares, entrecerrando los ojos
para tratar de ver dónde estaba la snitch...
-¡Se van a estrellar! -gritó Hermione a su lado.
Y así parecía... hasta que en el último segundo Viktor Krum frenó su descenso y se elevó
con un movimiento de espiral. Lynch, sin embargo, chocó contra el suelo con un golpe sordo
que se oyó en todo el estadio. Un gemido brotó de la afición irlandesa.
-¡Tonto! -se lamentó el señor Weasley-. ¡Krum lo ha engañado!
-¡Tiempo muerto! -gritó la voz de Bagman-. ¡Expertos medimagos tienen que salir al
campo para examinar a Aidan Lynch!
-Estará bien, ¡sólo ha sido un castañazo! -le dijo Charlie en tono tranquilizador a Ginny,
que se asomaba por encima de la pared de la tribuna principal, horrorizada-. Que es lo que
andaba buscando Krum, claro...
Harry se apresuró a apretar el botón de retroceso y luego el de «jugada a jugada» en sus
omniculares, giró la ruedecilla de velocidad, y se los puso otra vez en los ojos.
Vio de nuevo, esta vez a cámara lenta, a Krum y Lynch cayendo hacia el suelo. Amago
de Wronski: un desvío del buscador muy peligroso, leyó en las letras de color púrpura
impresas en la imagen. Vio que el rostro de Krum se contorsionaba a causa de la
concentración cuando, justo a tiempo, se frenaba para evitar el impacto, mientras Lynch se
estrellaba, y comprendió que Krum no había visto la snitch: sólo se había lanzado en picado
para engañar a Lynch y que lo imitara. Harry no había visto nunca a nadie volar de aquella
manera. Krum no parecía usar una escoba voladora: se movía con tal agilidad que más bien
parecía ingrávido. Harry volvió a poner sus omniculares en posición normal, y enfocó a
Krum, que volaba en círculos por encima de Lynch, a quien en esos momentos los
medimagos trataban de reanimar con tazas de poción. Enfocando aún más de cerca el rostro
de Krum, Harry vio cómo sus oscuros ojos recorrían el terreno que había treinta metros más
abajo. Estaba aprovechando el tiempo para buscar la snitch sin la interferencia de otros
jugadores.
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