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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling
-La guerra lo convirtió en un tipo raro, si os interesa mi opinión -añadió el dueño de la
taberna.
-Te dije que no me gustaría tener a Frank de enemigo. ¿A que te lo dije, Dot? -apuntó,
nerviosa, una mujer desde el rincón.
-Horroroso carácter -corroboró Dot, moviendo con brío la cabeza de arriba abajo-.
Recuerdo que cuando era niño...
A la mañana siguiente, en Pequeño Hangleton, a nadie le cabía ninguna duda de que
Frank Bryce había matado a los Ryddle.
Pero en la vecina ciudad de Gran Hangleton, en la oscura y sórdida comisaría, Frank
repetía tercamente, una y otra vez, que era inocente y que la única persona a la que había visto
cerca de la mansión el día de la muerte de los Ryddle había sido un adolescente, un forastero
de piel clara y pelo oscuro. Nadie más en la aldea había visto a semejante muchacho, y la
policía tenía la convicción de que eran invenciones de Frank.
Entonces, cuando las cosas se estaban poniendo peor para él, llegó el informe forense y
todo cambió.
La policía no había leído nunca un informe tan extraño. Un equipo de médicos había
examinado los cuerpos y llegado a la conclusión de que ninguno de los Ryddle había sido
envenenado, ahogado, estrangulado, apuñalado ni herido con arma de fuego y, por lo que
ellos podían ver, ni siquiera había sufrido daño alguno. De hecho, proseguía el informe con
manifiesta perplejidad, los tres Ryddle parecían hallarse en perfecto estado de salud, pasando
por alto el hecho de que estaban muertos. Decididos a encontrar en los cadáveres alguna
anormalidad, los médicos notaron que los Ryddle tenían una expresión de terror en la cara;
pero, como dijeron los frustrados policías, ¿quién había oído nunca que se pudiera aterrorizar
a tres personas hasta matarlas?
Como no había la más leve prueba de que los Ryddle hubieran sido asesinados, la policía
no tuvo más remedio que dejar libre a Frank. Se enterró a los Ryddle en el cementerio de
Pequeño Hangleton, y durante una temporada sus tumbas siguieron siendo objeto de
curiosidad. Para sorpresa de todos y en medio de un ambiente de desconfianza, Frank Bryce
volvió a su casita en la mansión.
-Para mí él fue el que los mató, y me da igual lo que diga la policía -sentenció Dot en El
Ahorcado-. Y, sabiendo que sabemos que fue él, si tuviera un poco de vergüenza se iría de
aquí.
Pero Frank no se fue. Se quedó cuidando el jardín para la familia que habitó a
continuación en la Mansión de los Ryddle, y luego para los siguientes inquilinos, porque
nadie permaneció mucho tiempo allí. Quizá era en parte a causa de Frank por lo que cada
nuevo propietario aseguró que se percibía algo horrendo en aquel lugar, el cual, al quedar
deshabitado, fue cayendo en el abandono.
El potentado que en aquellos días poseía la Mansión de los Ryddle no vivía en ella ni le daba
uso alguno; en el pueblo se comentaba que la había adquirido por «motivos fiscales», aunque
nadie sabía muy bien cuáles podían ser esos motivos. Sin embargo, el potentado continuó
pagando a Frank para que se encargara del jardín. A punto de cumplir los setenta y siete años,
Frank estaba bastante sordo y su pierna rígida se había vuelto más rígida que nunca, pero
todavía, cuando hacía buen tiempo, se lo veía entre los macizos de flores haciendo un poco de
esto y un poco de aquello, si bien la mala hierba le iba ganando la partida.
Pero la mala hierba no era lo único contra lo que tenía que bregar Frank. Los niños de la
aldea habían tomado la costumbre de tirar piedras a las ventanas de la Mansión de los Ryddle,
y pasaban con las bicicletas por encima del césped que con tanto esfuerzo Frank mantenía en
buen estado. En una o dos ocasiones habían entrado en la casa a raíz de una apuesta. Sabían
que el viejo jardinero profesaba veneración a la casa y a la finca, y les divertía verlo por el
jardín cojeando, blandiendo su cayado y gritándoles con su ronca voz. Frank, por su parte,
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