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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling
El señor Weasley no lograba encender el fuego, aunque no porque no lo intentara. A su
alrededor, el suelo estaba lleno de fósforos consumidos, pero parecía estar disfrutando como
nunca.
-¡Vaya! -exclamaba cada vez que lograba encender un fósforo, e inmediatamente lo
dejaba caer de la sorpresa.
-Déjeme, señor Weasley -dijo Hermione amablemente, cogiendo la caja para mostrarle
cómo se hacía.
Al final encendieron fuego, aunque pasó al menos otra hora hasta que se pudo cocinar en
él. Sin embargo, había mucho que ver mientras esperaban. Habían montado las tiendas
delante de una especie de calle que llevaba al estadio, y el personal del Ministerio iba por ella
de un lado a otro apresuradamente, y al pasar saludaban con cordialidad al señor Weasley.
Éste no dejaba de explicar quiénes eran, sobre todo a Harry y a Hermione, porque sus propios
hijos sabían ya demasiado del Ministerio para mostrarse interesados.
-Ése es Cuthbert Mockridge, jefe del Instituto de Coordinación de los Duendes... Por ahí
va Gilbert Wimple, que está en el Comité de Encantamientos Experimentales. Ya hace tiempo
que lleva esos cuernos... Hola, Arnie... Arnold Peasegood es desmemorizador, ya sabéis, un
miembro del Equipo de Reversión de Accidentes Mágicos... Y aquéllos son Bode y Croaker...
son inefables...
-¿Qué son?
-Inefables: del Departamentos de Misterios, secreto absoluto. No tengo ni idea de lo que
hacen...
Al final consiguieron una buena fogata, y acababan de ponerse a freír huevos y
salchichas cuando llegaron Bill, Charlie y Percy, procedentes del bosque.
-Ahora mismo acabamos de aparecernos, papá -anunció Percy en voz muy alta-. ¡Qué
bien, el almuerzo!
Estaban dando cuenta de los huevos y las salchichas cuando el señor Weasley se puso en
pie de un salto, sonriendo y haciendo gestos con la mano a un hombre que se les acercaba a
zancadas.
-¡Ajá! -dijo-. ¡El hombre del día! ¡Ludo!
Ludo Bagman era con diferencia la persona menos discreta que Harry había visto hasta
aquel momento, incluyendo al anciano Archie con su camisón. Llevaba una túnica larga de
quidditch con gruesas franjas horizontales negras y amarillas, con la imagen de una enorme
avispa estampada sobre el pecho. Su aspecto era el de un hombre de complexión muy robusta
en decadencia, y la túnica se le tensaba en torno de una voluminosa barriga que seguramente
no había tenido en los tiempos en que jugaba en la selección inglesa de quidditch. Tenía la
nariz aplastada (probablemente se la había roto una bludger perdida, pensó Harry); pero los
ojos, redondos y azules, y el pelo, corto y rubio, lo hacían parecer un niño muy crecido.
-¡Ah, de la casa! -les gritó Bagman, contento. Caminaba como si tuviera muelles en los
talones, y resultaba evidente que estaba muy emocionado-. ¡El viejo Arthur! -dijo resoplando
al llegar junto a la fogata-. Vaya día, ¿eh? ¡Vaya día! ¿A que no podíamos pedir un tiempo
más perfecto? Vamos a tener una noche sin nubes... y todos los preparativos han salido sin el
menor tropiezo... ¡Casi no tengo nada que hacer!
Detrás de él pasó a toda prisa un grupo de magos del Ministerio muy ojerosos, señalando
los indicios distantes pero evidentes de algún tipo de fuego mágico que arrojaba al aire
chispas de color violeta, hasta una altura de seis o siete metros.
Percy se adelantó apresuradamente con la mano tendida. Aunque desaprobaba la manera
en que Ludo Bagman dirigía su departamento, quería causar una buena impresión.
-¡Ah... sí! -dijo sonriendo el señor Weasley-. Éste es mi hijo Percy, que acaba de empezar
a trabajar en el Ministerio... y éste es Fred... digo George, perdona... Fred es este de aquí...
Bill, Charlie, Ron... mi hija Ginny... y los amigos de Ron: Hermione Granger y Harry Potter.
Bagman apenas reaccionó al oír el nombre de Harry, pero sus ojos se dirigieron como era
habitual hacia la cicatriz que Harry tenía en la frente.
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