J- K. Rowling 321
quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego

George exhaló un hondo suspiro y volvió a repartir cartas.
El resto del viaje fue bastante agradable. Harry hubiera querido que durara todo el
verano, de hecho, para no llegar nunca a King's Cross... Pero, como había aprendido aquel úl-
timo curso, el tiempo no transcurre más despacio cuando nos espera algo desagradable, y el
expreso de Hogwarts no tardó en acercarse al andén nueve y tres cuartos aminorando la
marcha. La confusión y el alboroto usuales llenaron los pasillos mientras los estudiantes se
apeaban. Ron y Hermione pasaron con dificultad los baúles por encima de Malfoy, Crabbe y
Goyle. Harry, en cambio, no se movió.
-Fred... George... esperad un momento.
Los dos gemelos se volvieron. Harry abrió su baúl y sacó el dinero del premio.
-Cogedlo -les dijo, y puso la bolsa en las manos de George.
-¿Qué? -exclamó Fred, pasmado.
-Que lo cojáis -repitió Harry con firmeza-. Yo no lo quiero.
-Estás mal del coco -dijo George, tratando de devolvérselo.
-No, no lo estoy. Cogedlo y seguid inventando. Para la tienda de artículos de broma.
-Se ha vuelto majara -dijo Fred, casi con miedo.
-Escuchad: si no lo cogéis, pienso tirarlo por el váter. Ni lo quiero ni lo necesito. Pero no
me vendría mal reírme un poco. Tal vez todos necesitemos reírnos. Me temo que dentro de
poco nos van a hacer mucha falta las risas.
-Harry -musitó George, sopesando la bolsa-, aquí tiene que haber mil galeones.
-Sí -contestó Harry, sonriendo-. Piensa cuántas galletas de canarios se pueden hacer con
eso.
Los gemelos lo miraron fijamente.
-Pero no le digáis a vuestra madre de dónde lo habéis sacado... aunque, bien pensado, tal
vez ya no tenga tanto empeño en que os hagáis funcionarios del Ministerio.
-Harry... -comenzó Fred, pero Harry sacó su varita.
-Mira -dijo rotundamente-, si no os lo lleváis, os echo un maleficio. He aprendido
algunos bastante buenos. Pero hacedme un favor, ¿queréis? Compradle a Ron una túnica de
gala diferente, y decidle que es regalo vuestro.
Salió del compartimiento sin dejarlos decir ni una palabra más, pasando por encima de
Malfoy, Crabbe y Goyle, que seguían tendidos en el suelo, con las señales de los maleficios.
Tío Vernon lo esperaba al otro lado de la barrera. La señora Weasley estaba muy cerca de
él. Al ver a Harry, ella le dio un abrazo muy fuerte y le susurró al oído:
-Creo que Dumbledore te dejará venir un poco más avanzado el verano. Estaremos en
contacto, Harry.
-Hasta luego, Harry -se despidió Ron, dándole una palmada en la espalda.
-¡Adiós, Harry! -le dijo Hermione, e hizo algo que no había hecho nunca: le dio un beso
en la mejilla.
-Gracias, Harry -musitó George, mientras Fred, a su lado, asentía fervientemente con la
cabeza.
Harry les guiñó un ojo, se volvió hacia tío Vernon y lo siguió en silencio hacia la salida.
No había por qué preocuparse todavía, se dijo mientras se acomodaba en el asiento posterior
del coche de los Dursley.
Como le había dicho Hagrid, lo que tuviera que llegar, llegaría, y ya habría tiempo de
plantarle cara.




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