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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling

derecha, indicaba que el amanecer se hallaba próximo. Harry, que había estado pensando en
los miles de magos que se concentrarían para ver los Mundiales de quidditch, apretó el paso
para caminar junto al señor Weasley.
-Entonces, ¿cómo vamos a llegar todos sin que lo noten los muggles? -preguntó.
-Ha sido un enorme problema de organización -dijo el señor Weasley con un suspiro-. La
cuestión es que unos cien mil magos están llegando para presenciar los Mundiales, y
naturalmente no tenemos un lugar mágico lo bastante grande para acomodarlos a todos. Hay
lugares donde no pueden entrar los muggles, pero imagínate que intentáramos meter a miles
de magos en el callejón Diagon o en el andén nueve y tres cuartos... Así que teníamos que
encontrar un buen páramo desierto y poner tantas precauciones antimuggles como fuera
posible. Todo el Ministerio ha estado trabajando en ello durante meses. En primer lugar, por
supuesto, había que escalonar las llegadas. La gente con entradas más baratas ha tenido que
llegar dos semanas antes. Un número limitado utiliza transportes muggles, pero no podemos
abarrotar sus autobuses y trenes. Ten en cuenta que los magos vienen de todas partes del
mundo. Algunos se aparecen, claro, pero ha habido que encontrar puntos seguros para su
aparición, bien alejados de los muggles. Creo que están utilizando como punto de aparición
un bosque cercano. Para los que no quieren aparecerse, o no tienen el carné, utilizamos
trasladores. Son objetos que sirven para transportar a los magos de un lugar a otro a una hora
prevista de antemano. Si es necesario, se puede transportar a la vez un grupo numeroso de
personas. Han dispuesto doscientos puntos trasladores en lugares estratégicos a lo largo de
Gran Bretaña, y el más próximo lo tenemos en la cima de la colina de Stoatshead. Es allí
adonde nos dirigimos.
El señor Weasley señaló delante de ellos, pasado el pueblo de Ottery St. Catchpole,
donde se alzaba una enorme montaña negra.
-¿Qué tipo de objetos son los trasladores? -preguntó Harry con curiosidad.
-Bueno, pueden ser cualquier cosa -respondió el señor Weasley-. Cosas que no llamen la
atención, desde luego, para que los muggles no las cojan y jueguen con ellas... Cosas que a
ellos les parecerán simplemente basura.
Caminaron con dificultad por el oscuro, frío y húmedo sendero hacia el pueblo. Sólo sus
pasos rompían el silencio; el cielo se iluminaba muy despacio, pasando del negro impe-
netrable al azul intenso, mientras se acercaban al pueblo. Harry tenía las manos y los pies
helados. El señor Weasley miraba el reloj continuamente.
Cuando emprendieron la subida de la colina de Stoatshead no les quedaban fuerzas para
hablar, y a menudo tropezaban en las escondidas madrigueras de conejos o resbalaban en las
matas de hierba espesa y oscura. A Harry le costaba respirar, y las piernas le empezaban a
fallar cuando por fin los pies encontraron suelo firme.
-¡Uf! -jadeó el señor Weasley, quitándose las gafas y limpiándoselas en el jersey-. Bien,
hemos llegado con tiempo. Tenemos diez minutos...
Hermione llegó en último lugar a la cresta de la colina, con la mano puesta en un costado
para calmarse el dolor que le causaba el flato.
-Ahora sólo falta el traslador -dijo el señor Weasley volviendo a ponerse las gafas y
buscando a su alrededor-. No será grande... Vamos...
Se desperdigaron para buscar. Sólo llevaban un par de minutos cuando un grito rasgó el
aire.
-¡Aquí, Arthur! Aquí, hijo, ya lo tenemos.
Al otro lado de la cima de la colina, se recortaban contra el cielo estrellado dos siluetas
altas.
-¡Amos! -dijo sonriendo el señor Weasley mientras se dirigía a zancadas hacia el hombre
que había gritado. Los demás lo siguieron.
El señor Weasley le dio la mano a un mago de rostro rubicundo y barba escasa de color
castaño, que sostenía una bota vieja y enmohecida.
-Éste es Amos Diggory -anunció el señor Weasley-. Trabaja para el Departamento de
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