J- K. Rowling 299
quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego
tercera, la cuarta, la quinta y la sexta llaves en sus respectivas cerraduras, y volvía a abrir el
baúl para revelar en cada ocasión diferentes contenidos. Luego introdujo la séptima llave,
levantó la tapa, y Harry soltó un grito de sorpresa.
Había una especie de pozo, una cámara subterránea en cuyo suelo, a unos tres metros de
profundidad, se hallaba el verdadero Ojoloco Moody, según parecía profundamente dormido,
flaco y desnutrido. Le faltaba la pata de palo, la cuenca que albergaba su ojo mágico estaba
vacía bajo el párpado, y en su pelo entrecano había muchas zonas ralas. Atónito, Harry pasó la
vista del Moody que dormía en el baúl al Moody inconsciente que yacía en el suelo del
despacho.
Dumbledore se metió en el baúl, se descolgó y cayó suavemente junto al Moody
dormido. Se inclinó sobre él.
-Está desmayado... controlado por la maldición imperius... y se encuentra muy débil -
dijo-. Naturalmente, necesitaba conservarlo vivo. Harry, échame la capa del impostor: Alastor
está helado. Tendrá que verlo la señora Pomfrey, pero creo que no se halla en peligro
inminente.
Harry hizo lo que le pedía. Dumbledore cubrió a Moody con la capa, asegurándose de
que lo tapaba bien, y volvió a salir del baúl. Luego cogió la petaca que estaba sobre el es-
critorio, desenroscó el tapón y la puso boca abajo. Un líquido espeso y pegajoso salpicó al
caer al suelo.
-Poción multijugos, Harry -explicó Dumbledore-. Ya ves qué simple y brillante. Porque
Moody jamás bebe si no es de la petaca, todo el mundo lo sabe. Por supuesto, el impostor
necesitaba tener a mano al verdadero Moody para poder seguir elaborando la poción. Mira el
pelo... -Dumbledore observó al Moody del baúl-. El impostor se lo ha estado cortando todo el
año. ¿Ves dónde le falta? Pero me imagino que con la emoción de la noche nuestro falso
Moody podría haberse olvidado de tomarla con la frecuencia necesaria: a la hora, cada hora...
ya veremos.
Dumbledore apartó la silla del escritorio y se sentó en ella, con los ojos fijos en el Moody
inconsciente tendido en el suelo. Harry también lo miraba. Pasaron en silencio unos minutos...
Luego, ante los propios ojos de Harry, la cara del hombre del suelo comenzó a cambiar:
se borraron las cicatrices, la piel se le alisó, la nariz quedó completa y se achicó; la larga mata
de pelo entrecano pareció hundirse en el cuero cabelludo y volverse de color paja; de pronto,
con un golpe sordo, se desprendió la pata de palo por el crecimiento de una pierna de carne; al
segundo siguiente, el ojo mágico saltó de la cara reemplazado por un ojo natural, y rodó por el
suelo, girando en todas direcciones.
Harry vio tendido ante él a un hombre de piel clara, algo pecoso, con una mata de pelo
rubio. Supo quién era: lo había visto en el pensadero de Dumbledore, intentando convencer de
su inocencia al señor Crouch mientras se lo llevaba una escolta de dementores... pero ya tenía
arrugas en el contorno de los ojos y parecía mucho mayor...
Se oyeron pasos apresurados en el corredor. Snape volvía llevando a Winky. La
profesora McGonagall iba justo detrás.
-¡Crouch! -exclamó Snape, deteniéndose en seco en el hueco de la puerta-. ¡Barty
Crouch!
-¡Cielo santo! -dijo la profesora McGonagall, parándose y observando al hombre que
yacía en el suelo.
A los pies de Snape, sucia, desaliñada, Winky también lo miraba. Abrió completamente
la boca para dejar escapar un grito que les horadó los oídos:
-Amo Barty, amo Barty, ¿qué está haciendo aquí?
-Se lanzó al pecho del joven-. ¡Usted lo ha matado! ¡Usted lo ha matado! ¡Ha matado al
hijo del amo!
-Sólo está desmayado, Winky -explicó Dumbledore-. Hazte a un lado, por favor. ¿Has
traído la poción, Severus?
Snape le entregó a Dumbledore un frasquito de cristal que contenía un líquido totalmente
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