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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling
calderos. Algunos de los calderos importados son algo delgados, y el goteo se ha
incrementado en una proporción cercana al tres por ciento anual...
-Eso cambiará el mundo -intervino Ron-. Ese informe será un bombazo. Ya me lo
imagino en la primera página de El Profeta: «Calderos con agujeros.»
Percy se sonrojó ligeramente.
-Puede que te parezca una tontería, Ron -repuso acaloradamente-, pero si no se aprueba
una ley internacional bien podríamos encontrar el mercado inundado de productos endebles y
de culo demasiado delgado que pondrían seriamente en peligro...
-Sí, sí, de acuerdo -interrumpió Ron, y siguió subiendo.
Percy cerró la puerta de su habitación dando un portazo. Mientras Harry, Hermione y
Ginny seguían a Ron otros tres tramos, les llegaban ecos de gritos procedentes de la cocina. El
señor Weasley debía de haberle contado a su mujer lo de los caramelos.
La habitación donde dormía Ron en la buhardilla de la casa estaba casi igual que el
verano anterior: los mismos pósters del equipo de quidditch favorito de Ron, los Chudley
Cannons, que daban vueltas y saludaban con la mano desde las paredes y el techo inclinado; y
en la pecera del alféizar de la ventana, que antes contenía huevas de rana, había una rana
enorme. Ya no estaba Scabbers, la vieja rata de Ron, pero su lugar lo ocupaba la pequeña
lechuza gris que había llevado la carta de Ron a Privet Drive para entregársela a Harry. Daba
saltos en una jaulita y gorjeaba como loca.
-¡Cállate, Pig! -le dijo Ron, abriéndose paso entre dos de las cuatro camas que apenas
cabían en la habitación-. Fred y George duermen con nosotros porque Bill y Charlie ocupan
su cuarto -le explicó a Harry-. Percy se queda la habitación toda para él porque tiene que
trabajar.
-¿Por qué llamas Pig a la lechuza? -le preguntó -Harry a Ron.
-Porque es tonto -dijo Ginny-. Su verdadero nombre es Pigwidgeon.
-Sí, y ése no es un nombre tonto -contestó sarcásticamente Ron-. Ginny lo bautizó. Le
parece un nombre adorable. Yo intenté cambiarlo, pero era demasiado tarde: ya no responde a
ningún otro. Así que ahora se ha quedado con Pig. Tengo que tenerlo aquí porque no gusta a
Errol ni a Hermes. En realidad, a mí también me molesta.
Pigwidgeon revoloteaba veloz y alegremente por la jaula, gorjeando de forma estridente.
Harry conocía demasiado a Ron para tomar en serio sus palabras: siempre se había quejado de
su vieja rata Scabbers, pero cuando creyó que Crookshanks, el gato de Hermione, se la había
comido, se disgustó muchísimo.
-¿Dónde está Crookshanks? -preguntó Harry a Hermione.
-Fuera, en el jardín, supongo. Le gusta perseguir a los gnomos; nunca los había visto.
-Entonces, ¿Percy está contento con el trabajo? -inquirió Harry, sentándose en una de las
camas y observando a los Chudley Cannons, que entraban y salían como balas de los pósters
colgados en el techo.
-¿Contento? -dijo Ron con desagrado-. Creo que no habría vuelto a casa si mi padre no lo
hubiera obligado. Está obsesionado. Pero no le menciones a su jefe. «Según el señor Crouch...
Como le iba diciendo al señor Crouch... El señor Crouch opina... El señor Crouch me ha
dicho...» Un día de éstos anunciarán su compromiso matrimonial.
-¿Has pasado un buen verano, Harry? -quiso saber Hermione-. ¿Recibiste nuestros
paquetes de comida y todo lo demás?
-Sí, muchas gracias -contestó Harry-. Esos pasteles me salvaron la vida.
-¿Y has tenido noticias de...? -comenzó Ron, pero se calló en respuesta a la mirada de
Hermione.
Harry se dio cuenta de que Ron quería preguntarle por Sirius. Ron y Hermione se habían
involucrado tanto en la fuga de Sirius que estaban casi tan preocupados por él como Harry.
Sin embargo, no era prudente hablar de él delante de Ginny. A excepción de ellos y del
profesor Dumbledore, nadie sabía cómo había escapado Sirius ni creía en su inocencia.
-Creo que han dejado de discutir -dijo Hermione para disimular aquel instante de apuro,
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