J- K. Rowling 239
quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego

tocino, los huevos y los arenques ahumados estaban tan ricos como siempre.
Cuando llegaron las lechuzas, ella las miró con impaciencia; parecía que esperaba algo.
-Percy no habrá tenido tiempo de responder -dijo Ron-. Enviamos a Hedwig ayer.
-No, no es eso -repuso Hermione-. Me he suscrito a El Profeta: ya estoy harta de
enterarme de las cosas por los de Slytherin.
-¡Bien pensado! -aprobó Harry, levantando también la vista hacia las lechuzas-. ¡Eh,
Hermione, me parece que estás de suerte!
Una lechuza gris bajaba hasta ella.
-Pero no trae ningún periódico -comentó ella decepcionada-. Es...
Para su asombro, la lechuza gris se posó delante de su plato, seguida de cerca por cuatro
lechuzas comunes, una parda y un cárabo.
-¿Cuántos ejemplares has pedido? -preguntó Harry, agarrando la copa de Hermione antes
de que la tiraran las lechuzas, que se empujaban unas a otras intentando acercarse a ella para
entregar la carta primero.
-¿Qué demonios...? -exclamó Hermione, que cogió la carta de la lechuza gris, la abrió y
comenzó a leerla-. Pero ¡bueno! ¡Hay que ver! -farfulló, poniéndose colorada.
-¿Qué pasa? -inquirió Ron.
-Es... ¡ah, qué ridículo...!
Le pasó la carta a Harry, que vio que no estaba escrita a mano, sino compuesta a partir de
letras que parecían recortadas de El Profeta:

eRes una ChicA malVAdA. HaRRy PottEr se merEce alGo MejoR quE tú. vUelve a
tU sitIO, mUggle.

-¡Son todas por el estilo! -dijo Hermione desesperada, abriendo una carta tras otra-.
«Harry Potter puede llegar mucho más lejos que la gente como tú...» «Te mereces que te
escalden en aceite hirviendo... » ¡Ay!
Acababa de abrir el último sobre, y un líquido verde amarillento con un olor a gasolina
muy fuerte se le derramó en las manos, que empezaron a llenarse de granos amarillos.
-¡Pus de bubotubérculo sin diluir! -dijo Ron, cogiendo con cautela el sobre y oliéndolo.
Con lágrimas en los ojos, Hermione intentaba limpiarse las manos con una servilleta,
pero tenía ya los dedos tan llenos de dolorosas úlceras que parecía que se hubiera puesto un
par de guantes gruesos y nudosos.
-Será mejor que vayas a la enfermería -le aconsejó Harry al tiempo que echaban a volar
las lechuzas-. Nosotros le explicaremos a la profesora Sprout adónde has ido...
-¡Se lo advertí! -dijo Ron mientras Hermione se apresuraba a salir del Gran Comedor,
soplándose las manos-. ¡Le advertí que no provocara a Rita Skeeter! Fíjate en ésta. -Leyó en
voz alta una de las cartas que Hermione había dejado en la mesa-. «He leído en Corazón de
bruja cómo has jugado con Harry Potter, y quiero decirte que ese chico ya ha pasado por
cosas muy duras en esta vida. Pienso enviarte una maldición por correo en cuanto encuentre
un sobre lo bastante grande.» ¡Va a tener que andarse con cuidado!
Hermione no asistió a Herbología. Al salir del invernadero para ir a clase de Cuidado de
Criaturas Mágicas, Harry y Ron vieron a Malfoy, Crabbe y Goyle descendiendo la escalinata
de la puerta del castillo. Pansy Parkinson iba cuchicheando y riéndose tras ellos con el grupo
de chicas de Slytherin. Al ver a Harry, Pansy le gritó:
-Potter, ¿has roto con tu novia? ¿Por qué estaba tan alterada en el desayuno?
Harry no le hizo caso: no quería darle la satisfacción de que supiera cuántos problemas
les estaba causando el artículo de Corazón de bruja.
Hagrid, que en la clase anterior les había dicho que ya habían acabado con los unicornios,
los esperaba fuera de la cabaña con una nueva remesa de cajas. Al verlas, a Harry se le cayó el
alma a los pies. ¿Les tocaría cuidar otra camada de escregutos? Pero, cuando llegaron lo
bastante cerca para echar un vistazo, vieron un montón de animalitos negros de aspecto
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