J- K. Rowling 229
quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego

-Pase -dijo Snape en su tono habitual.
Toda la clase miró hacia la puerta. Entró el profesor Karkarov y se dirigió a la mesa de
Snape, enroscándose el pelo de la barbilla en el dedo. Parecía nervioso.
-Tenemos que hablar -dijo Karkarov abruptamente, cuando hubo llegado hasta Snape.
Parecía tan interesado en que nadie más entendiera lo que decía, que apenas movía los labios:
daba la impresión de ser un ventrílocuo de poca monta. Sin apartar los ojos de las raíces de
jengibre, Harry trató de escuchar.
-Hablaremos después de clase, Karkarov... -susurró Snape, pero Karkarov lo interrumpió.
-Quiero hablar ahora, no quiero que te escabullas, Severus. Me has estado evitando.
-Después de clase -repitió Snape.
Con el pretexto de levantar una taza de medición para ver si había echado en ella
suficiente bilis de armadillo, Harry les echó a ambos una mirada de soslayo. Karkarov parecía
sumamente preocupado, y Snape, molesto.
Karkarov permaneció detrás de la mesa de Snape durante el resto de la doble clase. Al
parecer, quería evitar que Snape se le escapara al final. Interesado en escuchar lo que
Karkarov tenía que decir, Harry derramó adrede su frasco de bilis de armadillo dos minutos
antes de que sonara la campana, lo que le dio una excusa para agacharse tras el caldero a
limpiar el suelo mientras el resto de la clase se dirigía ruidosamente hacia la puerta.
-¿Qué es eso tan urgente? -oyó que Snape le preguntaba a Karkarov en un susurro.
-Esto -dijo Karkarov.
Echando un vistazo por el borde del caldero, Harry vio que Karkarov se subía la manga
izquierda de la túnica y le mostraba a Snape algo situado en la parte interior del antebrazo.
-¿Qué te parece? -añadió Karkarov, haciendo aún el mismo esfuerzo por mover los labios
lo menos posible-. ¿Ves? Nunca había estado tan clara, nunca desde...
-¡Tapa eso! -gruñó Snape, recorriendo la clase con los ojos.
-Pero tú también tienes que haber notado... -comenzó Karkarov con voz agitada.
-¡Podemos hablar después, Karkarov! -lo cortó Snape-. ¡Potter! ¿Qué está haciendo?
-Limpiando la bilis de armadillo, profesor -contestó haciéndose el inocente, al tiempo
que se levantaba y le enseñaba el trapo empapado que tenía en la mano.
Karkarov giró sobre los talones y salió de la mazmorra a zancadas. Parecía tan
preocupado como enojado. Como no quería quedarse a solas con un Snape excepcionalmente
airado, Harry echó los libros y los ingredientes de Pociones en la mochila y salió a toda
pastilla para contarles a Ron y Hermione lo que había presenciado.


A las doce del día siguiente salieron del castillo bajo un débil sol plateado que brillaba sobre
los campos. El tiempo era más suave de lo que había sido en lo que llevaban de año, y cuando
llegaron a Hogsmeade los tres se habían quitado la capa y se la habían echado al hombro. En
la mochila de Harry llevaban la comida que Sirius les había pedido: una docena de muslos de
pollo, una barra de pan y un frasco de zumo de calabaza que les habían servido en la comida.
Fueron a Tiroslargos Moda a comprar un regalo para Dobby, y se divirtieron eligiendo
los calcetines más estrambóticos que vieron, incluido un par con un dibujo de refulgentes
estrellas doradas y plateadas y otro que chillaba mucho cuando empezaba a oler demasiado. A
la una y media subieron por la calle principal, pasaron Dervish y Banges y salieron hacia las
afueras del pueblo.
Harry nunca había ido por allí. El ventoso callejón salía del pueblo hacia el campo sin
cultivar que rodeaba Hogsmeade. Las casas estaban por allí más espaciadas y tenían jardines
más grandes. Caminaron hacia el pie de la montaña que dominaba Hogsmeade, doblaron una
curva y vieron al final del camino unas tablas puestas para ayudar a pasar una cerca. Con las
patas delanteras apoyadas en la tabla más alta y unos periódicos en la boca, un perro negro,
muy grande y lanudo, parecía aguardarlos. Lo reconocieron enseguida.
-Hola, Sirius -saludó Harry, cuando llegaron hasta él.
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