J- K. Rowling 219
quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego
oxígeno al cerebro. Extendió las manos y se las miró: parecían verdes y fantasmales bajo el
agua, y le habían nacido membranas entre los dedos. Se retorció para verse los pies desnudos:
se habían alargado y también les habían salido membranas: era como si tuviera aletas.
El agua ya no parecía helada. Al contrario, resultaba agradablemente fresca y muy fácil
de atravesar... Harry nadó, asombrándose de lo lejos y rápido que lo propulsaban por el agua
sus pies con aspecto de aletas, y también de lo claramente que veía, y de que no necesitara
parpadear. Se había alejado tanto de la orilla que ya no veía el fondo. Se hundió en las
profundidades.
Al deslizarse por aquel paisaje extraño, oscuro y neblinoso, el silencio le presionaba los
oídos. No veía más allá de tres metros a la redonda, de forma que, mientras nadaba
velozmente, las cosas surgían de repente de la oscuridad: bosques de algas ondulantes y
enmarañadas, extensas planicies de barro con piedras iluminadas por un levísimo resplandor.
Bajó más y más hondo hacia las profundidades del lago, con los ojos abiertos, escudriñando,
entre la misteriosa luz gris que lo rodeaba, las sombras que había más allá, donde el agua se
volvía opaca.
Pequeños peces pasaban en todas direcciones como dardos de plata. Una o dos veces
creyó ver algo más grande ante él, pero al acercarse descubría que no era otra cosa que algún
tronco grande y ennegrecido o un denso macizo de algas. No había ni rastro de los otros
campeones, de sirenas ni tritones, de Ron ni, afortunadamente, tampoco del calamar gigante.
Unas algas de color esmeralda de sesenta centímetros de altura se extendían ante él hasta
donde le alcanzaba la vista, como un prado de hierba muy crecida. Miraba hacia delante sin
parpadear, intentando distinguir alguna forma en la oscuridad... y entonces, sin previo aviso,
algo lo agarró por el tobillo.
Se retorció para mirar y vio que un grindylow, un pequeño demonio marino con cuernos,
le había aferrado la pierna con sus largos dedos y le enseñaba los afilados colmillos. Se
apresuró a meterse en el bolsillo la mano membranosa, y buscó a tientas la varita mágica.
Pero, para cuando logró hacerse con ella, otros dos grindylows habían salido de las algas y,
cogiéndolo de la túnica, intentaban arrastrarlo hacia abajo.
-¡Relaxo! -gritó Harry.
Pero no salió ningún sonido de la boca, sino una burbuja grande, y la varita, en vez de
lanzar chispas contra los grindylows, les arrojó lo que parecía un chorro de agua hirviendo,
porque donde les daba les producía en la piel verde unas ronchas rojas de aspecto infeccioso.
Harry se soltó el tobillo del grindylow y escapó tan rápido como pudo, echando a discreción
de vez en cuando más chorros de agua hirviendo por encima del hombro. Cada vez que notaba
que alguno de los grindylows le volvía a agarrar el tobillo, le lanzaba una patada muy fuerte.
Por fin, sintió que su pie había golpeado una cabeza con cuernos; volviéndose a mirar, vio al
aturdido grindylow alejarse en el agua, bizqueando, mientras sus compañeros amenazaban a
Harry con el puño y se hundían otra vez entre las algas.
Aminoró un tanto, guardó la varita en la túnica, y miró en torno, escuchando, mientras
describía en el agua un círculo completo. La presión del silencio contra los tímpanos se había
incrementado. Debía de hallarse a mayor profundidad, pero nada se movía salvo las
ondulantes algas.
-¿Cómo te va?
Harry creyó que le daba un infarto. Se volvió de inmediato, y vio a Myrtle la Llorona
flotando vaporosamente delante de él, mirándolo a través de sus gruesas gafas nacaradas.
-¡Myrtle! -intentó gritar Harry.
Pero, una vez más, lo único que le salió de la boca fue una burbuja muy grande. Myrtle la
Llorona se rió.
-¡Deberías mirar por allá! -le dijo, señalando en una dirección-. No te acompaño. No me
gustan mucho: me persiguen cada vez que me acerco.
Harry le hizo un gesto de agradecimiento con la mano, y se fue en la dirección indicada,
con cuidado de nadar algo más distanciado de las algas para evitar a otros grindylows que
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