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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling
puedes perder los Mundiales. Lo que pasa es que mis padres pensaban que era mejor
pedirles su consentimiento. Si dicen que te dejan, envía a Pig inmediatamente con la
respuesta, e iremos a recogerte el domingo a las cinco en punto. Si no te dejan, envía
también a Pig e iremos a recogerte de todas maneras el domingo a las cinco.
Hermione llega esta tarde. Percy ha comenzado a trabajar: en el Departamento
de Cooperación Mágica Internacional. No menciones nada sobre el extranjero
mientras estés aquí a menos que quieras que te mate de aburrimiento.
Hasta pronto,
Ron
-¡Cálmate! -dijo Harry a la pequeña lechuza, que revoloteaba por encima de su cabeza
gorjeando como loca (Harry supuso que era a causa del orgullo de haber llevado la carta a la
persona correcta)-. ¡Ven aquí! Tienes que llevar la contestación.
La lechuza revoloteó hasta posarse sobre la jaula de Hedwig, que le echó una mirada fría,
como desafiándola a que se acercara más. Harry volvió a coger su pluma de águila y un trozo
de pergamino, y escribió:
Todo perfecto, Ron: los muggles me dejan ir. Hasta mañana a las cinco. ¡Me muero
de impaciencia!
Harry
Plegó la nota hasta hacerla muy pequeña y, con inmensa dificultad, la ató a la diminuta
pata de la lechuza, que aguardaba muy excitada. En cuanto la nota estuvo asegurada, la
lechuza se marchó: salió por la ventana zumbando y se perdió de vista.
Harry se volvió hacia Hedwig.
-¿Estás lista para un viaje largo? -le preguntó. Hedwig ululó henchida de dignidad.
-¿Puedes hacerme el favor de llevar esto a Sirius? -le pidió, cogiendo la carta-. Espera:
tengo que terminarla.
Volvió a desdoblar el pergamino y añadió rápidamente una postdata:
Si quieres ponerte en contacto conmigo, estaré en casa de mi amigo Ron hasta el
final del verano. ¡Su padre nos ha conseguido entradas para los Mundiales de
quidditch!
Una vez concluida la carta, la ató a una de las patas de Hedwig, que permanecía más
quieta que nunca, como si quisiera mostrar el modo en que debía comportarse una lechuza
mensajera.
-Estaré en casa de Ron cuando vuelvas, ¿de acuerdo? -le dijo Harry.
Ella le pellizcó cariñosamente el dedo con el pico y, a continuación, con un zumbido,
extendió sus grandes alas y salió volando por la ventana.
Harry la observó mientras desaparecía. Luego se metió debajo de la cama, tiró de la tabla
suelta y sacó un buen trozo de tarta de cumpleaños. Se lo comió sentado en el suelo,
disfrutando de la felicidad que lo embargaba: tenía tarta, mientras que Dudley sólo tenía
pomelo; era un radiante día de verano; se iría de casa de los Dursley al día siguiente, la
cicatriz ya había dejado de dolerle e iba a presenciar los Mundiales de quidditch. Era difícil,
precisamente en aquel momento, preocuparse por algo. Ni siquiera por lord Voldemort.
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