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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling

obligado a aceptar cada una de las estúpidas disposiciones de los Dursley. No estaba
siguiendo el régimen de Dudley, y no se iba a quedar sin ir a los Mundiales de quidditch por
culpa de tío Vernon si podía evitarlo. Harry respiró hondo para relajarse y luego dijo:
-Vale, no iré a los Mundiales. ¿Puedo subir ya a mi habitación? Tengo que terminar una
carta para Sirius. Ya sabes... mi padrino.
Lo había hecho, había pronunciado las palabras mágicas. Vio cómo la colorada piel de
tío Vernon palidecía a ronchas, dándole el aspecto de un helado de grosellas mal mezclado.
-Le... ¿le vas a escribir, de verdad? -dijo tío Vernon, intentando aparentar tranquilidad.
Pero Harry había visto cómo se le contraían de miedo los diminutos ojos.
-Bueno, sí... -contestó Harry, como sin darle importancia-. Hace tiempo que no ha tenido
noticias mías y, bueno, si no le escribo puede pensar que algo va mal.
Se detuvo para disfrutar el efecto de sus palabras. Casi podía ver funcionar los engranajes
del cerebro de tío Vernon debajo de su grueso y oscuro cabello peinado con una raya muy
recta. Si intentaba impedir que Harry escribiera a Sirius, éste pensaría que lo maltrataban. Si
no lo dejaba ir a los Mundiales de quidditch, Harry se lo contaría a Sirius, y Sirius sabría que
lo maltrataban. A tío Vernon sólo le quedaba una salida, y Harry pudo ver esa conclusión for-
mársele en el cerebro como si el rostro grande adornado con el bigote fuera transparente.
Harry trató de no reírse y de mantener la cara tan inexpresiva como le fuera posible. Y luego...
-Bien, de acuerdo. Puedes ir a esa condenada... a esa estúpida... a esa Copa del Mundo.
Escríbeles a esos... a esos Weasley para que vengan a recogerte, porque yo no tengo tiempo
para llevarte a ningún lado. Y puedes pasar con ellos el resto del verano. Y dile a tu... tu
padrino... dile... dile que vas.
-Muy bien -asintió Harry, muy contento.
Se volvió y fue hacia la puerta de la sala, reprimiendo el impulso de gritar y dar saltos.
Iba a... ¡Se iba con los Weasley! ¡Iba a presenciar la final de los Mundiales! En el recibidor
estuvo a punto de atropellar a Dudley, que acechaba detrás de la puerta esperando oír una
buena reprimenda contra Harry y se quedó desconcertado al ver su amplia sonrisa.
-¡Qué buen desayuno!, ¿verdad? -le dijo Harry-. Estoy lleno, ¿tú no?
Riéndose de la cara atónita de Dudley, Harry subió los escalones de tres en tres y entró
en su habitación como un bólido.
Lo primero que vio fue que Hedwig ya había regresado. Estaba en la jaula, mirando a
Harry con sus enormes ojos ambarinos y chasqueando el pico como hacía siempre que estaba
molesta. Harry no tardó en ver qué era lo que le molestaba en aquella ocasión.
-¡Ay! -gritó.
Acababa de pegarle en un lado de la cabeza lo que parecía ser una pelota de tenis
pequeña, gris y cubierta de plumas. Harry se frotó con fuerza la zona dolorida al tiempo que
intentaba descubrir qué era lo que lo había golpeado, y vio una lechuza diminuta, lo bastante
pequeña para ocultarla en la mano, que, como si fuera un cohete buscapiés, zumbaba sin parar
por toda la habitación. Harry se dio cuenta entonces de que la lechuza había dejado caer a sus
pies una carta. Se inclinó para recogerla, reconoció la letra de Ron y abrió el sobre. Dentro
había una nota escrita apresuradamente:

Harry: ¡MI PADRE HA CONSEGUIDO LAS ENTRADAS! Irlanda contra
Bulgaria, el lunes por la noche. Mi madre les ha escrito a los muggles para pedirles
que te dejen venir y quedarte. A lo mejor ya han recibido la carta, no sé cuánto tarda
el correo muggle. De todas maneras, he querido enviarte esta nota por medio de Pig.

Harry reparó en el nombre «Pig», y luego observó a la diminuta lechuza que zumbaba
dando vueltas alrededor de la lámpara del techo. Nunca había visto nada que se pareciera
menos a un cerdo. Quizá no había entendido bien la letra de Ron. Siguió leyendo:

Vamos a ir a buscarte tanto si quieren los muggles como si no, porque no te
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